Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 27)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Exterminio. No sé cómo definirlo. Sadismo. Crueldad. Saña. Morbo. Podría seguir tratando de explicar esa sensación gozosa frente a la masacre, pero no hallaría las palabras justas. Apenas caía uno y ya esperaba el siguiente, extasiado, al filo del asiento. Así fue con el primero y así fue hasta llegar al séptimo. Cada avance advertía un final feliz, una suerte de euforia, júbilo, por ser testigo de un gigante en plenitud. Y no me reprimí. No tenía por qué hacerlo ante esa expresión de generosidad, de virtud y practicidad, de hacer bien las cosas y de un montón de palabras elogiosas más que aquí podría seguir escribiendo a modo de listado. Estoy seguro que pocos recordarán quién fue el autor del primero y el segundo y así hasta llegar al séptimo. Y es que todo resultó tan parecido, tan armónico. Cada gol fue gestado desde el esfuerzo colectivo, la comunión de un grupo más allá de la calidad individual. Esta tarde es inolvidable porque no tuvimos un ganador mezquino que tomó ventaja y se agazapó como esperando el remate en base al despiste del adversario. Esta tarde es inolvidable porque hubo un ganador ambicioso y respetuoso de un rival que no merecía piedad porque a los gigantes en desgracia hay que machacarlos antes de que despierten. La historia terminó 7-1 como pudo terminar 10-1 o 12-1. Brasil, desde hace un buen rato ya, traicionó su historia. Nada más que ahora el resultado no le favoreció como en 2002 cuando le alcanzó para levantar la copa con el mismo técnico y con la misma propuesta. También contra el mismo rival. La primera selección finalista de 2014, en cambio, no se traicionó jamás y siempre fue fiel a su estirpe. Al final, como tenía que suceder, sólo sobrevivió uno de los dos colosos. Del otro no quedó rastro. Lo exterminaron los alemanes.

Disculpe, Herr Neuer. Tal vez fue el despecho. Puede ser que me haya ensañado al verlo cada una de las veces que fue a recoger la pelota dentro de las redes durante la semifinal de la Champions. Es posible que mi reacción alérgica ante cualquier victoria merengue me llevara a apuntarlo, cuando en realidad poco tuviera que ver con los cuatro tiros recibidos en casa por el Bayern de Guardiola durante la tarde infernal del Allianz. Ese recuerdo fue el que me llevó a escribir con cierto rencor, con una visceralidad que, espero comprenda, tuvo origen en la desazón del global escandaloso de 5-0. Por eso demerité sus alcances e ironicé durante los primeros juegos de la copa cuando lo comparaban con Sepp Maier y el Mono Kahn y todas las glorias que han resguardado las metas alemanas en mundiales. Me equivoqué, fallé, Herr (Señor) Neuer, por esa manía que nos entra con los años de vanagloriar el pasado y subestimar el presente. Qué tarde la de hoy contra los brasileños. Una barrera apenas penetrable en el último suspiro de la semifinal mundialista, ya cuando el anfitrión tenía siete en la frente.

Vergüenza. El Maracanazo hirió tanto a causa de la expectativa de éxito que existía por aquellos días del 50. Un empate coronaba a un Brasil poderoso en el que empezaba a germinar lo que se consumó 20 años más tarde con el tri campeonato en México. El resultado en la final, como cuenta la célebre leyenda, favoreció a los uruguayos 2-1 sobre los locales. No ha habido tarde más trágica de la que se tenga memoria en los mundiales. Lo de hoy fue otra cosa. El Mineirazo no fue trágico. Fue vergonzoso, humillante, una afrenta a la historia del derrotado, el penta, frente a una situación política y social complicada. En lo deportivo, la semifinal fue ganada por el favorito. Y el favorito, contrario a lo del 50,  no era el de casa.

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