Apuntes Perdidos

APUNTES PERDIDOS

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Choque por alcance. El otro carro salió de la nada. Ya daban las cuatro e íbamos retrasados a la cita cuando Alex, chofer sumamente confiable, trató de frenar, pisó a fondo, el carro serpenteó, pero fue imposible evitar el choque por alcance en plena Reforma. “Es que aceleraste, mijo”, dijo la mujer, en un intento por escapar a la responsabilidad del encontronazo. “No, señora, ¿cómo que aceleré?, es que usted, cuando salía de Costco, invadió el carril”, respondió Alex, con la razón de su lado. Por coincidencia, pasaba una patrulla cuando los conductores charlaban a un costado de Macroplaza. El oficial, más con deseos de seguir su camino que por impartir justicia, trató de resolver el caso con una actitud, una mueca que simulaba interés, como sacada de esas series americanas protagonizadas por detectives talentosos, superdotados: “a ver, choque por alcance, pero… ¿quién pegó?”. Alex y la mujer se miraron frente a la intervención de la autoridad (¿?) y contestaron deprisa: “mejor nosotros nos arreglamos, oficial”. “Muy bien”, atajó el hombre de azul y partió sin más ni más. La mujer proporcionó su número telefónico y facilitó su licencia. Alex y yo regresamos al auto y seguimos nuestro camino. Llegamos a las cuatro y media a la escuelita del América, por la Obregón, en plena zona centro. El evento apenas empezaba. Fotos, entrevistas y una nota más cubierta (Gracias por la colaboración de Anael Domínguez Durán y Marco Iván Domínguez Arámburo, quienes sanos y salvos, sonrientes, cuentan mejor la historia y la enriquecen para su padre, el autor de esta columna, como testigos desde el asiento trasero del auto, aún abollado).

De estilo pudoroso. No puede pasar desapercibida. Camina frente a todos con tal insistencia que termina convertida en blanco del montón de adolescentes que la miran burlones. Es ya una señora y lleva consigo una tableta a través de la cual graba o toma fotos o quién sabe qué tanto hace paseando de un lugar a otro como si pretendiera atraer la atención en un acto donde los verdaderos protagonistas son esos chicos que ya tienen tema para distraerse luego de los mensajes pomposos y demagógicos dirigidos a ellos por parte de las autoridades que hablan de esfuerzo y tesón y orgullo y todos esos conceptos coronados por aquello de que “representan lo mejor de nuestra tierra, de nuestros hombres y mujeres, ustedes, nuestros atletas producto del apoyo incondicional del gobierno que bla, bla, bla…”. Ella, entre tanto, insiste, regresa, ordena, apunta, señala, hace y deshace, va y viene sin límites ni jurisdicciones, pasa y repasa, vocifera el plan a seguir, las entrevistas, las tomas, todo lo que hará dentro de esas ropas deportivas que viste, muy de acuerdo a la ocasión. Los chicos ríen, se secretean mirándola, hasta que el evento se da por clausurado. Yo prefiero guardar mi libreta y mi grabadora, sin salir del área reservada a los reporteros, discreto, sin aspavientos. Pudoroso.

Chicos malos. No pude seguirlo en vivo. Pero, por las caras tristes que vi en el televisor al pasar por fuera de un bar del bulevar costero poco después de las ocho de la noche, imaginé que el resultado de la final de copa les había sido adverso. Ni se ven malas personas ni tienen porqué serlo. Simplemente es inexplicable esa euforia que regresa una y otra vez al ver un nuevo fracaso de esos chicos vestidos con camisa a rayas rojas y blancas, pantaloncillo azul, cuyos rostros apesadumbrados incluso los ennoblecían cuando les eran colgadas las medallas de consolación frente a la derrota. Tan inexplicable como ese sentimiento de ansiedad en espera de una nueva explosión de euforia, siempre y cuando esos chicos vestidos con camisa crema, pantaloncillo azul, cuyos rostros de pandilleros salidos de los barrios más bravos de Buenos Aires, Guayaquil, Luque o Culiacán, que ni se ven buenas personas ni tienen porqué serlo, salgan airosos de una nueva final.

Rocky. Así lo imaginé, frente a mí, igualito, con su cara de malo, ya estragada por el paso de los años y las cirugías, por detrás de ellos, viéndolos a los dos, enfadado, sin que, al principio, advirtieran su presencia. El primero me acusaba de publicar que el peleador al que trajo para su combate de campeonato del mundo era un invicto, pero un invicto ante puro paisano suyo, de récords difícilmente respetables, y también me responsabilizaba por no valorar el esfuerzo de contratar a un adversario de calibre, poniendo de ese modo, según él, en riesgo su espectáculo. El segundo me reclamaba porque junto a las notas de su pelea también publicaba notas de la función programada apenas después y que ese no era el trato, que no era justo y que lo que yo buscaba era afectar su evento. Y los dos, por igual, dedicaban gran parte de su monólogo a desacreditar a sus colegas, los promotores rivales. Entonces, aparecía él, para sorpresa de los quejosos, así con su cara de malo, ya estragada por el paso de los años y las cirugías, disparando su frase ya célebre, porque, definitivamente, aun cuando lo promueven, a ambos “les hace falta ver más bax”.

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