Apuntes Perdidos

APUNTES PERDIDOS

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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Que de algo sirva el dictador

Empiezo por confesarles que siempre me cayó mal. Cada entrevista era similar a la anterior. Pero tenía que acudir. Parte del trabajo. Gajes del oficio. Tengo un olfato que, tal vez de manera prejuiciosa, me ha creado esa especie de departamento donde hospedo cuidadosamente a los tipos de fiar, bien separados de los demás. Y él, sin duda pero con todo el prejuicio, era huésped sobresaliente del segundo de los apartados. Desde que lo conocí, por ahí del 99, ya le obsesionaba lo legal, lo jurídico, lo normativo. Era el primero de sus ahora 19 años en el poder. Eso, dicho por Gonzalo Vega en aquel comercial de su obra de teatro -que los mayores de 25 seguramente recordarán-, sonaba chistoso. Eso, dicho por el personaje que nos ocupa, hiede, apesta. Y no se trata de un funcionario de los que siempre caen parados y pasan de alcaldías a diputaciones, de secretarías a direcciones, de paramunicipales a paraestatales, de nómina en nómina. No, este personaje es distinto. Es presidente de la Asociación Estatal de Beisbol de Baja California. Freddy Lugo se llama. Sí, así: Freddy. No Alfredo ni Wilfredo ni Godofredo. No, Freddy nomás, un tipo que al paso de los años se fue obsesionando con su longevidad como directivo (dice él que por amor al beisbol y que porque toda su grey le ruega que no se vaya). Mientras tanto yo fui aguzando el olfato ese del que les conté en las primeras líneas. En consecuencia, cada entrevista fue más áspera. Las preguntas más incómodas para él. Las respuestas más cínicas para mí. Entonces hubo una ruptura 15 años después de ese intercambio de preguntas por respuestas. En pleno campo deportivo Antonio Palacios, le molestó el primero de los cuestionamientos y me mentó la madre, además de exigir la presentación de un título universitario para concederme el honor de verlo mano a mano, todo afiebrado, paranoico, como cada vez que tiene un micrófono frente a sí. Luego, como acostumbra a hacerlo todo aquel que carece del control sobre alguien, incapaz de mangonearlo a su antojo, amenazó con demandarme por todas las vías: penal, civil, mercantil, familiar y anexas. En ese momento ya no me molestaba su proceder como sucedía durante la primera década de escucharlo acusar sin pruebas, de difamar; a esas alturas ya me apenaba escuchar a un tipo engrandecido por el supuesto poder otorgado a través del membrete que lo licencia a desahogar frustraciones desde su púlpito. Si asiste a inaugurar un torneo infantil o a tomar protesta a una mesa directiva o a gorrear una comida o a lo que sea, no hay manera de errar en el pronóstico: tomará la palabra para agredir de todas las maneras posibles a sus opositores. Ya son tres años sin entrevistarlo ni acudir a sus eventos. Y ha sido un periodo de tranquilidad, de compadecer a los colegas que acuden a él, mansitos como jilguerillos a los que les reparte su maicito, para repetirles lo mismo que les dijo una y otra vez, porque entre ellos no hay momentos ásperos, ni preguntas incómodas a las respuestas cínicas. Tuve que reencontrarlo como protagonista de un video grabado el viernes. Se anunciaba un torneo de beisbol infantil en Mexicali. Habló cada una de las autoridades presentes. Y para cerrar, él. Y sí, delante del director del deporte de esa ciudad, acusó de delincuente a un directivo y manager al que no quiere dentro de su asociación de gente oficial, legal y normativa. Nada nuevo. En fin, de algo sirvió verlo de nuevo. Ya tenía tiempo sin publicar columna. Los dictadores siempre me han asqueado. También me inspiran.

*El autor es colaborador de AGP Deportes.

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