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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Áhi hubo

Eran dos o tres, bravísimos. Y los más chicos nos sentíamos protegidos. Le pegaban a uno de primero y el hermano de tercero iba en búsqueda de venganza. Pésima idea. El dos años mayor regresaba igualmente aporreado. Par de palizas a domicilio, cortesía de mis compañeros de clase. Podía ser durante el receso o bien a la hora de la salida cuando corríamos hacia la acera de enfrente o hacia algún baldío cercano, o rumbo a algún rincón recóndito dentro de la secundaria. También las canchas de frontón que aún se encuentran detrás de la Migoni eran escenario de pugilatos adolescentes, solución a conflictos mediante los puños.  En cada salón, casi en todos, había dos o tres protagonistas habituales de las batallas a puño limpio. Y ellos, bravísimos, salían bien librados casi siempre frente a los “clasificados” de los otros primeros o segundos o terceros. Preciso ubicarlos en la época. Gran época del boxeo, por cierto. Llamémosla post Ali y post Sal Sánchez. Estaba por nacer la leyenda de Chávez como sucesor de los Durán, Sugar Ray, Hearns, Hagler y todos los protagonistas del momento. Eso se veía por televisión a mediados de los ochenta. Boxeo del bueno. Era lo más violento que se transmitía de modo masivo esos días de riñas callejeras pero leales, en las que la aceptación del derrotado bastaba para acabar con la pelea, así como en el box cuando el réferi detiene al inminente ganador ya que el rival se halla en la lona. Decían no va más, y no iban más. Eso me tocó ver, tan lejano a la distancia hoy que miro tantas cosas con la cercanía de las redes sociales y la preocupación del padre de una chica de secundaria y un chico de sexto de primaria. Los protagonistas de las grabaciones que abundan en redes sociales no son como mis compañeros: bravísimos pero leales, con códigos; ellos y los demás gallitos de la escuela dirimían la desavenencia y listo. Entiendo que es la época post Ronda y post Silva, época de MMA en los que ha irrumpido una figura de la talla de McGregor, atletas debidamente preparados que combinan distintas modalidades de combate y en la que caer a la lona del enjaulado viene a ser parte del desafío a superar. En consecuencia, el que toca suelo, si no revierte la tendencia, puede ser masacrado hasta que el réferi o él mismo digan basta. Tiempo es también de celulares a través de los cuales queda testimonio en video de los chicos que, ahora que el boxeo ha sido relevado como el deporte más violento que cualquiera puede ver por televisión, no se llenan con derrumbar al adversario; la consigna parece ser masacrarlo. Sólo que ellos no son Ronda ni Silva ni McGregor. Y menciono a esos tres que son los únicos nombres que me vienen a la mente porque no disfruto esa especialidad que tantos disfrutan. Llámenme anticuado, pero me quedo con mi época adolescente y también con el recuerdo de mis compañeros, aquellos a los que admiraba por lo buenos para mover las manos, pero también por lo demás. Porque antes el verdadero orgullo era regresar al otro día como ganador de acuerdo a los gritos de la muchedumbre pubertil enardecida cuando la victoria también consistía en responder al “áhi hubo” o el “ya estuvo”, sinónimos de rendición, una especie de bandera blanca o toalla lanzadas desde la humillación del derrotado, cuyo siguiente día en la escuela supondría, además de la repasada recibida horas antes, miradas burlonas, de escarnio, sobre todo de los mirones más que del victimario. Con eso bastaba entonces.

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