Apuntes Perdidos

APUNTES PERDIDOS

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Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Chocolate amargo

Sigo al América. Es así, amo al equipo al que tantos odian. Entonces entiendo de odios y amores, esos sentimientos hacia los cuales no existe explicación en materia futbolera. Así se ama y se odia en el futbol: sin razones ni argumentos. Un equipo cae mal, sin que uno sepa ni por qué. O cae bien, con la misma respuesta. Tal cual: Cosa de sentimiento. Igual pasa con los técnicos y los jugadores. Hay identificación con unos y lejanía hacia otros. Soy de Guardiola, no de Mourinho. Soy de Messi, no de Cristiano. Soy de River, no de Boca. O del Barca y no del Madrid. Ya ni les cuento de mi repulsión cuando escucho a quienes sostienen su afición por aquello de “en mi equipo juegan puros mexicanos”. Con los Tigres me pasa algo. Me caen mal, muy mal. Ni sé por qué, y créanme que no es por lo de la Navidad pasada, viene de antes. Lo de su técnico también. Nunca he creído en El Tuca. Eso menos podría explicarlo. Ha ganado varios campeonatos y nunca lo han despedido. Con eso sería suficiente para admirarlo. Pero no puedo. Prefiero pensar que ha ganado esa insignificancia de títulos en relación al montón de torneos desde que empezó a dirigir desde el 91 y sin interrupciones, o en su pasmo ahí atorado en el banquillo durante las finales perdidas, e incluso las ganadas. Del otro lado está El Turco, que me cae bien. ¿Por qué? Tampoco sé. Sólo sé que cuando le formulaba alguna pregunta en Tijuana, donde fue campeón con los Xolos, deseaba verlo en el banquillo del América, el equipo que, como ya les dije al inicio, amo sin explicaciones ni argumentos. Coincido con su manera de conducirse, de dirigir, de hablar de futbol. Ya son cuatro años desde que no sólo se me cumplió el deseo, sino que además de dirigir al América, El Turco lo hizo campeón. Entonces, despedido de manera arbitraria (o así prefiero pensarlo por ese afecto irracional), viajó hacia el norte para dirigir al equipo que me resultaba simpático desde que lo veía a través de las transmisiones de la televisión estatal, cuando José Ramón y Orvañanos y Albert trabajaban juntos: Rayados. Así han pasado los años y sigo fiel a mi costumbre de tomar partido, de arriesgar. Si es el derby vasco en España, prefiero Athletic que Real Sociedad. Si es Independiente contra Racing, voy con los primeros en uno de los clásicos argentinos, el de Avellaneda. ¿Qué me une o me separa de esos colores? Nada. Así que no hay tanto que contar sobre mi favorito en la final que he visto esta tarde decembrina mientras disfrutaba mi Bohemia Chocolate, esa bebida navideña que me ha provocado aún más amor por esta temporada de recuento, a días de cambiarle un numerito más al calendario. Sólo que esta tarde me ha sabido un poco más amarga de lo habitual.

*El autor es colaborador de AGP Deportes.

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