Apuntes Perdidos

APUNTES PERDIDOS

CLAUDIA RODRÍGUEZ ARCE

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Un genio en la esponja

Me inspiraba. Y cómo no si a esa edad de los catorce, por más que exprimas la esponja del recuerdo, lo realmente absorbido resiste el paso de los años, se arraiga. Sentado al filo de mi cama, lo más cercano posible al televisor, lo veía hacer todo bien: acostumbraba a meterse al enredo para solucionarlo y metía el pecho al rival, pese a su pequeñez, para defender a los suyos cuantas veces fuera necesario. Y cuando tomaba la pelota, nadie lo hacía (nadie lo hará) como él. En México los medios tenían a la mayoría expectante de lo que estaba por hacer como local “la mejor selección nacional de todos los tiempos”, la de Hugo y Tomás y Quirarte y todos esos señores que hoy salen por televisión criticando con resentimiento lo que entonces les criticaban a ellos mientras caían derrotados antes de lo esperado por no estar a la altura, como los de ahora. Para mí la Copa del Mundo, ya desde entonces, era otra cosa, algo más, hambre por descubrir, por conocer. Y en esa búsqueda apareció el 10 de la selección argentina. Abreviaré lo que sucedió entonces: la primera fase en CU y el juego contra Italia en el Cuauhtémoc de Puebla marcando un gol mágico, de esos que sólo él. También preciso resumir lo de octavos con Uruguay y lo de cuartos contra Inglaterra cuando su mano de dios y el mejor gol que he visto no sólo en mundiales sino en cualquier otra época, como también seré conciso al recordar los dos goles a Bélgica hechos por él solo sin más ayuda que su genio durante las semifinales, así como el pase que remató a la Alemania recién resucitada en la final pero sólo hasta que él quiso, porque cuando quiso metió una pelota en profundidad que Burruchaga cruzó para hacer justicia. Y no había más justicia resumida en una escena que él levantando la Copa del Mundo del 86, la de México, la suya, la que sin él no hubiese sido posible. Ignoro si además de arraigarse los recuerdos instalados desde los catorce también se magnifiquen. Lo cierto es que nunca volvió a pasar. Nunca volví a ver algo así, como lo de él. En fin, vuelvo a la realidad. Hay que trabajar. Basta de recuerdos y a lo que sigue. No soy más aquel chico de secundaria y hay que viajar más de 100 kilómetros. Hoy soy reportero. El juego es tarde, a las nueve, así que terminará más allá de las once para luego emprender otro viaje con la misma distancia por andar. Allá encontraré a un señor que entrena a un equipo de la segunda división mexicana mientras camina con dificultades y murmura en vez de hablar, ese mismo que alguna vez fue capaz de arraigarse hasta en el más inspirador de los recuerdos.

*El autor es colaborador de AGP Deportes.

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