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CIRCULAR

Por Néstor Cruz Tijerina. El “sacrificio” de hacer ejercicio (y otras cosas) Cuando era adolescente pensaba que la vida era absurda. Que no importaba cuánto me esforzara por obtener lo que fuera: Al final se acabaría y el tiempo invertido en ello jamás regresaría. Y tenía mucha razón. La vida, en sí, objetivamente, es una […]

Por Néstor Cruz Tijerina.

El “sacrificio” de hacer ejercicio (y otras cosas)

Cuando era adolescente pensaba que la vida era absurda. Que no importaba cuánto me esforzara por obtener lo que fuera: Al final se acabaría y el tiempo invertido en ello jamás regresaría.

Y tenía mucha razón. La vida, en sí, objetivamente, es una cadena de sinsentidos que terminan irremediable y abruptamente en la muerte. En la gran nada cósmica. En el desprendimiento de nuestra propia materia para formar otra con una nueva consciencia.

Mientras no tengamos evidencias de lo contrario, eso es. Ni siquiera es debatible. Testimonios de gente fanática y libros viejos no servirían en un juicio serio como pruebas. Y siempre me gusta creer, aunque sea ingenuamente, que me lee gente seria.

Pero bueno, esto no es un tratado sobre el nihilismo, pero tampoco sobre correr, o sobre el deporte en sí. Quiero pensar que reflexionaré en este ratito libre sobre generalidades con las que todos nos podemos identificar.

Ya no soy adolescente. Ahora creo que importa mucho cómo he de morir y qué sensaciones lindas podré vivir mientras se vacía agónicamente mi reloj de arena.

Cuando decidí empezar a correr, aunque suene fatalista, asumí que pondría en riesgo mi vida durante cada entrenamiento y competencia.

¿Por qué en riesgo si “el deporte es salud” y demás frases hechas? Porque acelerar el metabolismo, según me confirmó recientemente un amigo Doctor, conlleva un montón de compromisos con el estilo de vida, ya que si, por ejemplo, tomas y te desvelas y al otro día te vas a correr aunque sean 5 kilómetros, estás atentando contra la maquinita orgánica que es el cuerpo.

Todos conocemos a un tipo que dice que va a matarse la cruda del sábado corriendo domingueramente en la playa. Y, al menos yo, conozco también al que se ha muerto en ese momento, de facto, o bien, termina peor que como empezó.

La imprudencia y la ignorancia rondan las mentes de muchos “deportistas”. Yo me incluyo, porque he corrido o pedaleado en malas condiciones, y si estoy aquí ahorita contando esto sólo es por suerte, o porque he entrenado mucho y no he llevado a mi pobre cuerpo al límite.

Así que apenas caeré en el tema que le dio título a este artículo. El sacrificio. Esa palabra que relacionamos con martirización, con privación de cosas vitales, con religión y demás cuentos.

Cuando descubres tu verdadera vocación emocional, espiritual o como le quieras llamar, dentro de un deporte, “pistear” y la vida noctámbula (perdón, a mí me parecen sonámbulos todos los que andan “pedos” comportándose como subnormales en la calle a las 3 de la mañana) no es ningún sacrificio abandonar eso parcial o totalmente.

¿Por qué? Porque un cuerpo descansado y sin sustancias depresoras o aceleradoras del organismo, puede hacer maravillas y llevarnos a lugares bien bonitos que a veces ni siquiera hemos imaginado.

O bien, puede permitirte soñar, con bases, en cumplir metas que le están vedadas al grueso de la población uniforme, gorda y “pisteadora”, como por ejemplo, correr un ultramaratón, o cruzar el país en bicicleta, o llegar a esas cascadas hermosas a las que sólo podrás arribar con diez días de intensas caminatas o carreras.

Me dirán: “Pero Néstor, esos objetivos de vida no los tenemos todos, yo sólo quiero ser un gran ingeniero, escritor, músico, o simplemente quiero mi tiempo en el mundo, aunque sea poco, pasarlo en una gran fiesta orgásmica”…

Y claro que lo sé. Sin embargo, si no quieres ser un profesionista genérico (mediocre, más bien) tienes, por ley cósmica, que comprometerte y sacrificar algo, más o menos, según tu propio talento.

Igual si quieres que la orgía dure muchos años tienes que descansar, obvio. Léase por “descansar” sacrificar valioso tiempo que podría gastarse, no sé, en más malditas orgías.

La gente que no se sacrifica en nada y ahí anda haciendo mil cosas a medias, sin ningún tipo de compromiso, por moda, por encajar socialmente o posar, tiene todo mi respeto, pero también toda mi repulsión. No los quiero a mi alrededor. Porque precisamente esa es la característica principal de la adolescencia: Apatía.

Y de esto, de apáticos, está lleno el país. Si no, otro gallo nos cantaría. No habrían, por ejemplo, regidores en Guerrero detenidos en flagrancia robando fibra óptica y puestos en libertad por el fuero. Una sociedad llena de gente comprometida, al menos, presionaría a sus representantes para que dejen de hacer leyes tan a modo para los desgraciados.

Pero bien, este tampoco es un artículo sobre política. Nuestro planeta, el país y nuestro cuerpo necesitan a gente cada vez más comprometida, porque ya estuvo bueno de vivir este periodo de adolescencia:

Una época en donde los vehículos cada vez son más potentes e inteligentes, pero seguimos contaminando a lo bruto por emisiones de dioxido de carbono. La época en que al fin se abren las candidaturas independientes en México, pero ahora se disfrazan de independientes los viejos priístas o panistas (¡Y llegan al poder!) La época en que ya casi le bajamos a las dos horas en el maratón, pero la tercera parte de la población mundial es obesa por el estilo de vida sedentario.

Sueño mucho -aunque ingenuamente- que la generación de mi hija pequeña podrá reírse de nosotros por todas estas actitudes suicidas que tenemos.

No se puede tener armonía en el planeta contaminándolo. No prosperará el país mientras lo gobierna el Pri. Y no se puede correr un maratón borrachos. Son leyes que yo no escribí, y así serán hasta que no seamos máquinas. Y a las mismas máquinas hay que darles mantenimiento, dedicarles tiempo y responsabilidad. Sacrificio, pues.

Así que basta de pensar que el sacrificio es doloroso de la mala manera. También hay dolor en algunos procesos revolucionarios, que nos llevarán a mejores caminos en algún momento.

Entrenar tres meses religiosamente para un maratón, nos hará señores maratonistas que no fueron a hacer el ridículo caminando. Participar socialmente les dará mejores oportunidades a nuestros descendientes y ser eco-responsables nos hará formar parte de una generación que no fue parasitaria con su planeta.

No sé ustedes, pero yo quiero morirme formando parte de eso, hasta donde mis capacidades aguanten. Porque de deportistas de ocasión y de un grueso poblacional indolente, ya está repleto el mundo.

Todo está relacionado. Hay que cambiar la cultura del sacrificio, entendida como la cultura del aguante, por la cultura del esfuerzo y el compromiso. Es mi opinión y la comparto sin intenciones mesiánicas, sino como una simple reflexión por mientras.

Néstor Cruz. Periodista ensenadense. Editor, corredor y ciclista. Apasionado de la literatura y de la música progresiva. Papá y novio.

Néstor Cruz. Periodista ensenadense. Editor, corredor y ciclista. Apasionado de la literatura y de la música progresiva. Papá y novio.

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