Circular por Nestor Cruz

CIRCULAR

 

Crónica de lo que NO dejaría hacer a mi hija.
Por Néstor Cruz Tijerina.

Pero que espero con el corazón que un día haga. Mi hija. Correr bajo un aguasero. Para que sienta la emoción de ser fuerte, de ir contra el viento. Viva. Feliz. Que se empape no necesariamente corriendo. Quizá en bici. Quizá bailando. Quizá ni siquiera bajo una tormenta. Libre albedrío. No soy un “runner” fundamentalista. Pero les contaré.

Martes. Le atinaron al pronóstico del tiempo. Lluvia todo el día. Digo que le atinaron porque en Navidad anunciaron otra tormenta muy ostensiblemente. Pero no. Aún así no me quejo, más vale prevenir, dicen por ahí.

Total que hoy sí. Toda la noche escuché la lluvia entre sueños, como si el agua cayendo fuera un telón transparente y yo estaba ahí, atrás, sentado en la butaca, viendo las creaciones absurdas de mi mente.

Desperté muy temprano con la decisión positiva que no tenemos todos los días los que practicamos el “footing” de manera más o menos seria.

Al menos yo soy de los que no necesitan ningún mensaje de La Fuerza. Del Universo. De lo que como quieran llamarle. Yo me levanto y corro, porque tengo un objetivo claro. Ultramaratón en unos cerros feos. Feos en el sentido de lo empinados. Casi siempre levanto y ando de mala gana. Con lagañas, baba, mocos y lágrimas pegadas a la cara.

Pero este martes no. Me incorporé muy motivado. Cuando era adolescente amaba los días mojados para irme a la bici de montaña. Recuerdo las veredas resbalosas, el lodo, pedalear contra la exhalación furiosa de la lluvia. Y corriendo casi no he podido disfrutar este evento natural, tan raro en mi ciudad los últimos años.

Cometí un error. Decidí ir a pasear por las calles de la ciudad. El Boulevard Costero, específicamente. Me puse mucha ropa y un gorro, otro error, porque ni siquiera hacía frío.

Sudé muchísimo. Me salpicaron los carros, me detuve en varias inundaciones. Parece increíble que en plena ampliación (nueva) del Costero no hayan puesto alcantarillas. Ahora es la más novel de las lagunas urbanas ensenadenses, junto a la calle Segunda y la Diamante. Mas los ríos y represos antinaturales que se hacen en cada colonia mal trazada, claro.

Y yo me arrepentí un montón de irme por ahí. Casi se me apagó el cosito del optimismo con el que arranqué, pero no. Regresé a la casa luego de 10 kilómetros de empapada. La verdad no sabía si estaba más mojado de lluvia o de sudor. Ese gorro era como para una nevada.

Publiqué mi selfie ensopado en Facebook buscando la tradicional sobadita de lomo virtual. La primera que me regañó fue mi mamá. Que me iba a dar la gripa. Luego siguieron los amigos. Igual. Me sentí de cinco años mentales. Risas. En fin.

Trabajé como seis horas seguidas y sin distracciones pegado a una pantallita. Escuchaba que afuera la lluvia no cesaba. ¿Acaso se estaba activando de nuevo mi imprudencia “downhillera” de la pubertad? Sí.

El “Cerro de Valle Dorado” es el que me queda más cerca. Le mandé whatsapp a la novia, mi compañera de aventuras. Me bateó de forma institucional. Pero está bien. No siempre se puede. Alguien debe mantener la prudencia en la relación. También dicen.

Así que sin pensarla mucho me levanté y me fui. Empezaba a oscurecer. Esta vez sólo con una camisetita y mi short. Escuchaba en los audífonos un disco de Rush, mi banda de rock progresivo menos favorita. El Geddy Lee (así le digo porque lo considero compa) canta como bruja, pero la música es acelerada. Acelere necesitaba para subir violentamente ese cerro antes de que el clima empeorara. Y así fue. No que subiera como cohete. Empeoró.

Me gusta subir por donde están los bomberos de Valle Dorado, cruzar unas torres, seguir hasta una pendiente muy empinada que está como a dos kilómetros y bajar por detrás de la Iglesia San Judas algo.

Cuando llegué a las torres, la fuerza del viento y la cantidad de agua eran intratables. No sé si llovió así abajo. No creo. Más bien la cosa se puso así por la altura. La ciudad se ve tan bonita desde ahí, pero esta vez no se miraba nada. Un telón como el de mis sueños cubría la Ensenada. Qué poético, pensé. Quise sacar la cámara del celular para tomarle la foto pal’ feis, pero segurito se descomponía. Y no soy tan poético, además.

Bajé… No sé cómo decirlo sin que no suene vulgar. Entre de nalgas y con los… Intestinos en la garganta. Muy chistoso todo. Debí parecer jirafa dando sus primeros pasos. Sentía que iba patinando entre mantequilla. De hecho lo hice, patinar, en una parte donde no había tanta piedra. Junté mis pies y me dejé ir en una rampa natural pronunciada.

Me asusté. Sí. Me reí mucho. También grité como menso, con la seguridad de que no habría nadie a mi alrededor para marcar al loquero. ¿Quién más estaría? Más bien el clima está para un chocolate caliente bajo las cobijas, como ya estoy ahorita que escribo esto.

Seguro que a nadie le interesa lo que me pasa, aún así, mientras me bañaba con agua hirviendo, pensaba que este tipo de cosas nunca se las dejaría hacer a mi hija. Y de ahí el título. Y de ahí dejarlo por aquí, en una suerte de crónica de un día donde me sentí más vivo y más humano y más frágil y más fuerte que otros.

Un día en que le doy gracias a mi bello deporte de esta época por regalarme estos momentos que siempre vivirán en el jardín de mi memoria. Porque la memoria es un jardín. Aquí les comparto un pequeño helecho.

Ojalá pronto mi hija lo lea y me recuerde que también la debo dejar vivir. Sólo espero estar ahí, y tener la fuerza para acompañarla. Y si no es corriendo, quizá yo un día me ponga un “tutú” y la acompañe a darle duro al ballet. Por qué no. Creo que un poco locos y acelerados ya estamos ambos. Y quizá alguien más que me lea por aquí. Por eso les comparto esta carta personal a mi hija que terminó en columna.

Néstor Cruz. Periodista ensenadense. Editor, corredor y ciclista. Apasionado de la literatura y de la música progresiva. Papá y novio.

Néstor Cruz. Periodista ensenadense. Editor, corredor y ciclista. Apasionado de la literatura y de la música progresiva. Papá y novio.

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