Circular por Nestor Cruz

CIRCULAR

 

Por Néstor Cruz Tijerina.

¿Correr un ultramaratón?
Antes de que empieces a leer, quiero decir que no te estoy juzgando si te sientes aludido en este tema. Se trata de una opinión muy personal que les quiero compartir, sin juzgar a nadie. Al final, cada quien corre como quiere y puede.

Aclarado esto, les cuento que el otro día leí un artículo en la famosa revista Runners World, donde el autor aseguraba que correr los 42 kilómetros del maratón ya es “mainstream”; es decir, pasado de moda y, por ende, aburrido.

El argumento es que cada vez hay más “finishers” (personas que cruzan la meta en los tiempos permitidos por los organizadores, que a veces llegan hasta las 6 horas; citan que el maratón de Nueva York ha sido terminado por más de 50 mil).

Además, el hecho de que cada vez más veamos en redes sociales a gente que, a simple vista, no parece muy atlética (o que su compromiso con el entrenamiento es inestable, o que de plano tienen muy poquito tiempo corriendo) publicar que ahora son “maratonistas” consagrados, hace que muchos quieran ser mejores que eso.

Y aquí entran varios factores motivacionales para correr ultramaratón: no querer ser parte de la manada, es uno. Otro, sentir realmente que dominaste la distancia del maratón, y ahora quieres ir por más. También puede ser que, simplemente, te encante exhibirte como un héroe y te vayas a la aventura a terminar como sea.

En cualquiera de los casos, respeto profundamente la decisión que cada quien toma. Pero yo personalmente valoro muchísimo el concepto de “carrera” y la verdad es que nunca me inscribiría en una para ir a caminar. Creo que para eso está el senderismo y la marcha.

Cuando hace dos años empecé formalmente en este deporte, por supuesto que caminé bastante. De hecho, en mis entrenamientos lo hago también como descanso entre series.

Pero cuando llega el día de una carrera para la cual supuestamente me preparé, caminar me parecería una derrota imperdonable. Imperdonable y absurda, claro, porque soy un corredor amateur de nivel intermedio, que si bien le va llega atrás de 20 más fuertes, como mínimo.

Seguro alguien se preguntará, ¿a quién le quieres ganar entonces? ¿Qué diferencia hay entre caminar o no si el resultado es igual de poco glorioso?

Mucho tiempo creí que esa idea mía era más bien algo estúpido, producto de mi ego inflado y de mis deformes conceptos de triunfo y éxito.

Pero un día llegó a mí el libro “De qué hablo cuando hablo de correr”, del exitoso novelista japonés Haruki Murakami, y descubrí que no estoy solo en el mundo.

Es más, él llegó al extremo de decir que quería su epitafio con la siguiente leyenda: “Haruki Murakami: escritor y corredor. Al menos llegó a la meta sin caminar”.

Para el japonés, para mí y seguramente para alguien que esté leyendo esto, correr muy despacio es mucho mejor que caminar. Y contravenir esta pequeña “regla” supone el inicio de traicionar muchas más. Y no estoy hablando sólo del deporte. Simplemente colapsaríamos en eso abstracto que llamamos espíritu, y lo que estamos haciendo dejaría de ser placentero; por lo tanto, inútil.

Así que aquí vuelvo al tema central. Si tomáramos como “regla” imaginaria ideal que inscribirse en una carrera es para correr, no para caminar, ¿cuánta gente realmente se encuentra lista para completar un ultramaratón? ¿Cuántos de esos 50 mil que terminaron en Nueva York caminaron gran parte del trayecto?

Sin duda aquí quiero reconocer a toda la gente que, primero, tiene la decencia de levantarse a hacer ejercicio y no le dan miedo los retos. A la gente que, sea como sea, llega a su meta.

Mi problema es con la persona que no domina algo, presume que ya lo hizo y, como si hubiera sido muy fácil, ya quiere saltarse a lo otro. Para al rato, seguramente, denostarlo y, quién sabe, quizá cometer alguna otra imprudencia. Porque tarde o temprano retar cosas para las que no estamos aclimatados, trae consecuencias.

Correr 5 kilómetros no es nada fácil para la mayoría de los seres humanos. Para que yo lo lograra sin parar (y la mayoría, según me han contado) pasó aproximadamente un mes. Y lo hice en más de media hora. Despacio, con cuidado y respeto por la distancia.

Porque eso creo que es ser un corredor auténtico, desde mi muy cuestionable punto de vista: respeto por lo que haces. Un respeto que se parece mucho al amor, en el sentido de que mientras más lo trabajas y le das su justa dimensión, te retribuirá con auténtica felicidad.

Yo he terminado dos maratones bajo estas condiciones de amor y respeto por el deporte, y en ambas he llorado porque me costó mucho empeño acabar como se debe, desde mi óptica, sin parar.

Ahora, que un grupo de gente diga que correr maratón es “mainstream”, me parece de lo más ridículo y pretencioso, porque se trata de una de las cosas menos accesibles para el ser humano ordinario, de serie, que puebla nuestras ciudades.

Quizá la humanidad un día vencerá esta oscura época de obesidad y sedentarismo, y entonces sí cualquiera correrá maratón y lo normal será hacer puros ultras.

Pero primero, hay que ir por esos 5 largos kilómetros. Paso a paso. Disfrutando cada etapa, para no ser como esos que, aunque tengan todo mi respeto, sólo están aquí para presumir cosas que no son. Actitud tan común ahora en este tiempo del consumo, baja autoestima y realidad virtual.

Corramos o hagamos lo que sea, pero bien, poco a poco, despacio, con paciencia y respeto. Ése es el principio de toda empresa exitosa. Es la regla no escrita, invisible, detrás de todo lo que vale la pena hacer.

 

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