Circular por Nestor Cruz

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A tus brazos otra vez

Por Néstor Cruz Tijerina

Y volver volver… Muchas veces escribí aquí mismo que correr es el deporte más celoso que conozco. Tantito le sueltas la mano, o te pones a pelotear por ahí, e inmediatamente te quita sus beneficios, te deja y te lastima. Correr se parece tanto al amor.

Ahora imagínate que te vas año y medio “de pirujo”: Encontraste una causa ideológica que merece tu tiempo, una novia con malos hábitos pero harta pasión, muchos motivos para no levantarte a entrenar todos los días a las seis de la mañana.

Sin embargo, correr es tu señora a la que amas a pesar de todas las cosas, pero de la que quieres huir de cuanto en cuanto para no terminar asesinándola, o que ella te corte algo. El ritmo, por supuesto.

Por tratar de salvar correr, en aquellos buenos años, quedaste flaco como keniano. Gastabas todo tu dinero en tenis, relojes y viajes para complacerla. Formaste una familia con todos aquellos que corren enfermizamente como tú, y formaste vínculos solidarios con los que compartieron tu sufrimiento en la pista, el cerro y las calles.

Pero la flama del amor bajó en algún punto, y no te diste cuenta. Empezaste a sentir monotonía al volver a correr ese mismo medio maratón de Tijuana, y conquistar el Maratón Gobernador de Mexicali te dejó una gran satisfacción por darte cuenta de las cosas que puedes llegar a hacer en tu vida, pero también un vacío sepulcral. ¿Y ahora qué sigue? Te preguntas. ¿Un ultra? ¿Es necesario alargar tanto el dolor, poner tan a prueba tu paciencia?

Cuando salías a correr las primeras veces todo era mucho más simple. Tu cuerpo día a día mejoraba a pasos agigantados. Con el tiempo, bajar un solo minuto a tu marca eran grandes progresos en la relación complicada, tormentosa, que creaste con el running.

La solución siempre estuvo al alcance de tu mano, evidente. Si el problema era volver a correr donde siempre, o pararte todos los días a la misma hora, un simple cambio de hábitos y ahorrar para viajar eran las opciones. Pero elegiste lo fácil: Alejarte. Sin soltar, por supuesto, inseguro. Ya no tomarlo con responsabilidad y correr de vez en cuando, lo cual era divertido, pero no te satisfacía tanto como cuando tenías tu máquina a tope; cuando dabas todo y el deporte te correspondía con la misma intensidad.

Y así pasaron los meses. Los proyectos tomaron su cauce correcto, la relación emocional con otro ser humano del sexo opuesto fue un fracaso, el tiempo libre regresó, aunque siempre lo he dicho: No importa que estés cambiando el mundo, siempre hay tiempo para entrenar con tantita voluntad.

Finalmente llegó la época del Medio Maratón Internacional de Ensenada y lo vuelves a ver con la chispa de novedad; las viejas heridas sanaron y viste que la vida fuera del matrimonio con el atletismo no es tan divertida, ni tan profunda, y valoras todo ese bien que te hace para las otras áreas de tu vida: Cuando estás fuerte físicamente los problemas del trabajo parecen menos agobiantes; igual pasa con lo emocional, te quieres más porque te ves bien cuando estás fuerte. Sientes que la rutina también puede interpretarse como “sentar cabeza” y que el compromiso es uno de los valores más importantes de la edad adulta.

Y ahí vas, tímidamente, inconstante aún, a volver a entrenar. Un día corres 3 kilómetros y otro 7. Llegas a recorrer 10 y piensas cómo es que antes llegabas a los 42 sin aburrirte. El cuerpo te pesa porque literalmente te ensanchaste a base de ejercicios distintos, o cerveza, o comidas sociales. Y correr nuevamente suena bien, te sientes con más energía en tu día a día, pero algo falta y no sabes qué es…

Hasta que llega el día previo al evento y vas a recoger tu número. Ahí te encuentras a la vieja familia, con el mismo amor, con la misma emoción de siempre por volver al evento cúspide de tu ciudad. Y empiezan a hablar de los tiempos que piensan hacer, de con quién van a agarrar “pique”, del genuino gusto que les da volver a verte en esto.

Te contagian, es inevitable. Y te empieza a dar un poco de pena y desesperación no poder volver a correr a la par de ese atleta máster que tiene más de 25 años ininterrumpidos en la práctica, pero empiezas a soñar, a planear la próxima preparación. Vale la pena, piensas de corazón, y se nota en tu mirada emocionada y en las ganas de ya estar nuevamente en la línea de salida.

Y ahí estás nuevamente, junto a casi 2 mil personas trasnochadas que vencieron el tedio de la vida sedentaria y la costumbre tormentosa, listo para arrancar…

El resultado es irrelevante. Cada quién sabe por qué corre y cuáles son sus metas profundas. La mía simplemente, y para siempre, es no caminar y superar al tipo que era el día anterior. También es irrelevante narrar cómo renació el amor zancada a zancada. La sensación de estar en casa junto a tanto desconocido. La fraternidad verdadera y desinteresada, lejos de estratos sociales e intelectuales. El corazón palpitando en tu cabeza que te recuerda que estás más vivo que nunca, y que la vida es para gastarse, para exprimirse, porque en el dolor (moderado) está el placer del esfuerzo y la sanación. Porque en una cosa sin sentido como recorrer 21 kilómetros, o 5, o 100, está toda la responsabilidad que conlleva antes. Y ultimadamente, porque correr es el compromiso que eliges honrar y, como en el ámbito amoroso, nadie tiene derecho a meterse en tu intimidad.

Meta cumplida. Chispa del amor reactivada. Tanto, que hasta ganas de volver a escribir al respecto me dieron. Es como volver con tu ex, sin que sea tu ex, sino más bien: Re encontrar el amor en algo inamovible, onírico, idílico, que nunca se fue. Así que nos seguiremos viendo.

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