Circular por Nestor Cruz

CIRCULAR

 

Maratón.

Por Néstor Cruz Tijerina.

El 14 de diciembre corrí mi primer maratón. Para los que no están familiarizados con el término, 42 kilómetros y 195 metros. En mi caso sin parar. Y pues les contaré cómo llegué a esa actividad que a todo mundo, en broma, le digo que es “pa negros”.

Aclaro antes de empezar la lectura que no fue por moda, ya que este año se dejó venir una oleada de corredores que querían subir sus fotos al “feis” llenos de espuma, o de pintura.

Hasta el esnobismo que genera en un sector de la población el Valle de Guadalupe hizo que gente que ni al caso se pusiera a correr. Llegaron al absurdo de la salud cuando, en un medio maratón en la ruta del vino, estaban dando la famosa bebida alcohólica en el kilómetro 10. Háganme el chingado favor; cómo me reí. Pero bueno, ahí va mi crónica, lo más simple posible.

Hace exactamente un año pesaba 94 kilos. Mido 1.90 metros, por eso quizá no me miraba gordo. Hoy peso 79. Y me he enfrentado al bullying social: “Te ves enfermo, ¿estás comiendo bien? Deja de correr, vas a desaparecer”. Acá en el tercer mundo es signo de salud y fuerza la obesidad. Supongo que es una forma de aceptación entre las mayorías.

Y bueno, es que hace un año me metí un gran madrazo en la bici de montaña. Hombro roto, costillas amoladas, cortadas feas. Lo usual cuando uno retoma un deporte extremo luego de varios años, se quiere lucir con su hija chiquita en una carrera y todo sale mal.

Pobrecita niña, me costó convencerla de que ese deporte no es feo, sino que el tonto es uno por cometer imprudencias. Y creo que en parte por ella empecé a correr. Para que no se quedara sin papá tan pronto, que todavía hay mucho que hacer y pagar y romper y jugar. Y arriesgarse ahora no es lo mismo que en la adolescencia.

De hecho, agarré eso de la corredera como terapia. Me dolió el hombro muchos meses después y no podía agarrar bien el manubrio. Aunque el mismo año anterior había hecho un intento infructuoso por entrarle al rollo pedestre.

Me enteré en 2013 de la famosa Carrera del Puerto. Un montón de gente va. 6 largos kilómetros. En ese tiempo corría 2 y me bofeaba bien chistoso. De hecho, hasta la fecha sigo pensando que el cuerpo está hecho para correr un kilómetro y ya.

En Facebook me gusta escribir muchas bobadas y después de terminar mi primer maratón puse que ese deporte seguro era un invento de los sabios amos blancos para perjudicarnos a nosotros los negros. Claro, con una emoticono de carita feliz, porque luego hay gente que cree que todo lo vertido ahí es ley.

Bueno, me desvié. La Carrera del Puerto y su preparación previa fue un fracaso para mí. Un primer acercamiento al atletismo para el olvido. Me lastimé las rodillas, los tobillos, el empeine. Y ahora que lo pienso, no sé ni por qué, ya que en realidad iba bien despacito y siempre calentaba. Como en 40 minutos hice esos 6 kilómetros (que luego ya con el gps vi que ni era esa la distancia, sino menos).

A la fregada correr, me regreso a mi bici, pensé. Y sí. Es que con la bici, sobre todo de montaña, llegas a lugares bien bonitos rápido, sin cansarte tanto como a pie. Mi papá tiene ya tiempo haciendo caminatas largas en los cerros, pero yo nunca me le pego porque me parece súper aburrido ir a un pasito 8 horas o más. Mi mente siempre infantil siente que no avanzas, que estás perdiendo valioso tiempo que podrías gastar en, no sé, bajar cerros horribles y zanjeados.

A mí me gusta la velocidad. Ir en chinga y pararme en lugares con paisajes preciosos, donde me pueda comer una naranja con la onda del amor a la naturaleza a todo lo que da. Y en eso la bici es más práctica. Pero es más peligrosa, ya ven lo que me pasó en una bajada.

Así que adiós a correr luego de la del puerto. Puro dolor de piernas y aburrimiento. Sigo pensando así, aunque se convirtió en mi deporte del 2014.

Total que con el cabestrillo y con el inmovilizador de hombro empecé a caminar como a los dos meses del trancazo en la bici. Me dolía todo. Me iba al famoso parque Revolución a leer la Canción de Hielo y Fuego de George R.R Martin. Para que se den una idea de mi convalecencia, me eché los cinco libros que lleva hasta la fecha, cada uno de más de mil páginas.

Me dolía todo, insisto. Pero a los tres meses, ya en casa y sin las cosas ortopédicas, empecé a caminar y trotar en la playa. Corría como 5 minutos y caminaba otros 5. Todo el tiempo de la corridita, sin aire. Pero bien padre, porque pasaban los días y no me dolía nada de lo anterior que conté.

Al mes ya podía correr cinco kilómetros sin parar. El cuerpo es bueno, se adapta y fortalece muy rápido, aunque siempre he creído que la mente es la mañosa, la que hace que no te detengas cuando sientes que se te sale el corazón, la que inyecta algo a las piernas cuando empiezan a doler, y la quecontrola el, literal, miedo a morir cuando la respiración se agita mucho.

A los tres meses de empezar la “terapia” ya había corrido mis primeros 10 kilómetros. Y no tenía intención de soltarlos. Esa distancia se convirtió en pan de cada día. Y quiero decir que cada uno de esos días sufrí y sentí que me iba a morir. Pero cada mañana amanecía un poco más fuerte y seguro de que mi mente fatalista era pura charada.

Creo que nunca sentí tener “dominados” los 10 kilómetros cuando un día x hice 15. ¿Qué es lo que pasa por mi mente, y por la de todos los corredores en mi situación, que se levantan un día con ganas de romper sus propias marcas? ¿A quién le quieren ganar? ¿Qué queremos demostrar?

En mi caso sentí que, primero, correr mantenía enfocado mi esfuerzo en constantes metas. Eso da una sensación de estabilidad en la vida. Mucha gente se levanta a cumplir con horarios donde no pasa nada, donde siempre es lo mismo. Compromisos que hacen que ni te des cuenta del paso del tiempo yque, gradualmente, hacen que te enfermes de gordo y de depresión. De conformidad y tedio.

Correr, para mí, se convirtió en una herramienta para paliar todo lo anterior. Sí, me aburría (y me sigue pasando) recorrer despacito la misma playa, el mismo cerro o la misma carretera. Pero algo dentro de mi cuerpo había cambiado. Mi respiración ya no se agitaba a velocidades elevadas, mis piernas cada vez se ponían más fuertes. Mi sentido del humor y mi forma de ver la vida estaban cambiando.

¿En qué cambió mi vida? Bueno, yo no le hecho toda la culpa a correr; quiero creer que a mis 32 años he madurado un poquito y ya no caigo en los errores de antes. Empecé a alejarme de la gente negativa, que habla de lo que sabe que está mal en su vida todo el tiempo, pero jamás toma decisionespara cambiar.

También empecé a creer que los grandes problemas que siempre tenemos de dinero, de salud, de relaciones tormentosas y sueños truncos, son porque no nos tomamos un tiempecito para querernos, para consentirnos, para fortalecernos. Deveras que cuando el cuerpo está bien, muchas cosas buenas pueden pasar. De perdida el ánimo es distinto.

El caso es que, con la nueva condición, me animé a entrarle a las competencias largas. Vi el calendario y en septiembre empezaban una seriede 5 medios maratones casi seguidos. Y en diciembre se coronaba el asunto con el famoso Maratón Gobernador, en su edición 49. Unos dicen que es el más viejo de México, otros que no. Quién sabe, la neta, disculpen mi apatía por no buscar el dato.

Así que ahí voy, para empezar a Tecate. El primer medio maratón, con una ruta medio salvaje por unas subidotas. Muchos se quejaron, pero como era mi debut ni dije nada, iba con mucha precaución. Al final, una hora con 37 minutos hice. Súper bien, me sentía re poderoso.

Después le siguieron uno de los militares, otro de Rosarito a Puerto Nuevo y dos más en el famoso y mencionado valle de la gente en sombrerito. En cada uno de ellos, ya sin miedo, mejoré mis tiempos, hasta llegar al momento que nunca me esperé, no tan pronto de perdida, de ganar un tercer lugar en mi categoría, ser lugar 18 general de 500 y ganarme medallota y botella de vino.

Definitivamente se siente bien vencer a un montón de gente que tiene mucho más que yo en esto. Aunque mi yo menos narcisista diga que la competencia es conmigo mismo, con mis tiempos y que el reto siempre debe mantenerse en el ámbito personal. Pero es inevitable. Ya que estás en una línea de salida y agarras pique con ciertas personas, acelerar y exigirte más vienen solos.

Hablando de cosas sociales, este año que termina también fue bello porque conocí a gente muy amable y muy comprometida con su pasatiempo. Personas que, sólo por compartir la necedad de correr cada vez más rápido, te regalan camisetas, comida, te dan un montón de buenos consejos y te publican en Facebook un chorro de tips para ir veloz e imágenes motivadoras.

Todos ellos son compas excelentes. No importa que no compartan mis gustos musicales o literarios, porque hasta en eso soy medio mamucas. Son seres humanos extraordinarios que te contagian de vida, de buena onda, de ganas de ser cada vez mejor. Y no sé ustedes, pero en la inmensa mayoría de los círculos sociales eso no se ve. Todo es cosas materiales, apariencias, intriga idiota, ambición, vicios, egoísmo.

Claro que entre los corredores hay también un chorro de gente mierda, como en todo, que va a farolear. Pero bueno, la mayoría de esas excepciones está en los itinerantes, los que entran por la modita que contaba al inicio. Y sobre ellos no usaré más palabras.

Total que llegó diciembre y con él, el famoso maratón. Quizá esté omitiendo detalles como que mejoré mi carrera con unos buenos tenis y con un reloj gps, pero pues esas son nimiedades, y creo que ya me estoy excediendo en la escritura.

Tuve una semana previa al evento de la fregada. Jugando dije que cayeron sobre mí las siete plagas de Egipto. Me dio una infección, me desgarré una pierna y pa acabarla de joder, tuve insomnio varios días antes. Pero eso me pasó por pelotudo, por inseguro, por novato. Ah, y por maricón, supongo. Estaba bien asustado por todo lo que me advirtieron de los 42 kilómetros. Y también por todo lo que leí, obvio, porque soy un lector voraz de tarugadas por internet.

Así que llegué a la salida del maratón en el peor momento del año, con miedo de no terminar y de no poder cumplir con la gente que creía en mí, sobre todo mi hija, porque, ah, le prometí que iba a hacerlo por ella, que la fregada y todas las demás payasadas que decimos los que leemos mucha historia épica.

Pero pues ahí voy. Afortunadamente, en el primer kilómetro se me pegó un, ahora, querido amigo de Ensenada que también empezó a correr este año y que, la verdad sea dicha, tenía un nivel más bajo que yo. Pero gracias a mi lesión, los dos pudimos ir a un ritmo parejo y nos servimos de apoyo en cada uno de los pasos.

Yo estoy agradecido con él porque cuando el dolor de mi pierna casi me hacía parar, verlo de reojo, su determinación por terminar, me contagió, y pues al final ambos cruzamos la meta con los brazos elevados, cual escena de Rocky o de Rambo o no sé: nos sentimos súper héroes.

Y es que el maratón no es cualquier cosa. En el camino pude ver a gente que se cae abruptamente de los calambres, o a punto del desmayo. A gente vieja que va a un pasito muy lento pero seguro. A personas gorditas que no terminan, o jóvenes y atléticos, es lo mismo: me quedó claro que sermaratonista es tener una mente enérgica y convencida que, cuando las piernas se cansan, como sucede en todos los casos, te permite llegar a la meta con puro corazón, puro empeño y fortaleza; con un nivel de compromiso que, de perdida yo, no había experimentado.

Creo que ser maratonista es una forma de ver la vida. Pero sobre todo de hacerla. Mucha gente en el ámbito intelectual es muy fregona, muy hocicona y tiene soluciones inteligentes para todo. Y puede que tengan mucha razón. Sin embargo, la gente que pone en práctica algo, la gente que crece con vivencias, tiene, creo yo, la otra mitad que hace falta para ser, en resumen, feliz.

De perdida así me siento yo, un poco más feliz que cuando mis expectativas en la vida eran más parecidas a las de todos (dinero, casotas, carros, viejas, celulares, etcétera).

Cuando llegué a la meta compartí con los amigos que ya escribí un libro, cuidé un árbol, amé a una hija y ahora corrí un maratón. Es una experiencia que todos los seres humanos deberían tener por lo menos una vez en su vida.

El corazón literalmente crece, como músculo, por el esfuerzo. Pero el corazón metafórico también crece, y el concepto de alma, y los objetivos también, porque ahora le quiero bajar a ese tiempo ridículo que hice y, por qué no, en un futuro cercano hacer travesías más largas que me hagan sentir, sobre todo, vivo.

Porque la vida se me va, se nos va, y no sabemos en qué momento ya no podremos dar un paso. Porque cuando estuve tirado en esa cama, fracturado, me di cuenta de todas las cosas que estaba dejando de hacer por hueva y por dejarme llevar por la uniformidad. Porque después de correr un maratón parecen menos las cosas imposibles y, pequeños, los obstáculos que nos encontramos en la vida cotidiana.

En fin. No quiero invitar a nadie a correr como yo, sino a superar metas imposibles desde el asiento. Cuáles: ustedes sabrán.

Néstor Cruz. Periodista ensenadense. Editor, corredor y ciclista. Apasionado de la literatura y de la música progresiva. Papá y novio.

Néstor Cruz. Periodista ensenadense. Editor, corredor y ciclista. Apasionado de la literatura y de la música progresiva. Papá y novio.

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