Columnas

CRONICAS DEL EMPARRILLADO

EN RECUERDO DE UN MAESTRO, MENTOR Y AMIGO: Marcelo Martínez (1937-2015)

Por Julio Arturo Couoh

QUERIDO MARCELO –  Yo no quería cubrir deportes. No era mi objetivo. Mi mente siempre estuvo en otro lado. Yo era feliz en espectáculos y en cultura.

De Ana Lilia Cortés, editora de “Telón” (nombre de la sección de espectáculos) y del Profesor Rubén Vizcaíno, otro grande, a cargo del suplemento identidad, aprendí mucho. Era su colaborador eventual. También lo sería del Turístico, con el paso del tiempo y supervisado bajo la lupa de Ricardo Acevedo. Creo que hoy usted se ha encontrado con ellos.

En aquel 1999 recorrí muchos rincones de la redacción de Editorial Kino. Al paso de algunos meses, repentinamente se abrió una plaza de tiempo completo en Editorial Kino. La condición era ingresar a la sección deportiva.

Reconozco que no deseaba hacerlo. Muchos saben las razones de ello. Pero, su presencia. La presencia de usted, Marcelo Martínez, fue el contrapeso. Fue de vital ayuda. Fue un gran mentor al que le debo muchas cosas en esos momentos difíciles.

Gracias a usted se me abrieron las puertas de la NFL, cuando me dijo: “Aquí tienes esta carta y dirígete a la oficina de los Chargers, habla con el director de relaciones públicas y dile que serás el reportero asignado para cubrir al equipo”.

Era el verano de 1999. Y así nació esa columna “Crónicas del Emparrillado”, la cual fue como mi hija. En la primera edición incluimos comentarios de Jauleen Faumina.

“¿Y quién es ella?”, dirá la gente. Se trataba de nadie mas ni nadie menos que de la prima de Junior Seau, con quien nos topamos en el trolley aquel viernes por la noche, antes del partido, un día después de que Robynn, la asistente de Bill Johnston, Director de Relaciones Públicas de los Chargers, se comunicara con nosotros para decir que estábamos acreditados.

Y así empezó la aventura de la que fuimos cómplices. Con confianza en el aprendiz, me dio la venia para que hiciera el “itacate” y después las maletas para iniciar el incansable movimiento.

Primero a través del Trolley, del Coaster y los autobuses. De La Jolla a Murphy Canyon. De Murphy Canyon a Mission Valley. De Mission Valley a La Costa. De La Costa a Torrey Pines. De Torrey Pines a Las Vegas. De Las Vegas al Super Bowl.

Cinco viajes. El primero en San Diego, el más inolvidable, por que antes de esta última parada también se dio la oportunidad de viajar a Oakland para cubrir la postemporada de los Raiders para conocer y entrevistar a Tom Flores, a Jim Plunkett.

Usted me hablaba de Sid Gilman y de Lance Alworth, el famoso “Bambi”.

No había “wifi”, mucho menos banda ancha.  Las transmisiones desde el Qualcomm se hacían por línea telefónica. Ya mucho más adelante, en mis tiempos escribía  y enviaba por Fax.

Pero para estar seguros de que la información llegara a la redacción había que tomar el Trolley hasta la línea y después abordar un taxi colectivo rumbo al Alamar para redactar la nota.

Pero esa primera noche en la NFL fue especial. Había nuevos medios, nueva competencia. Luego surgió una nueva fraternidad.

Al día siguiente usted dijo: “¿Qué mas traes, chavalón?”.

“Conversé con Darren Bennett, el australiano”, le respondí.

Esa fue la primera historia de portada en la sección coeditaba por otros dos queridísimos colegas: Octavio Favela y Gustavo Cazares.

Así mi vida en la NFL fue tomando forma. Después llegaron los viajes a Arizona para seguir el Spring Training. Reconozco que por el Béisbol nunca hubo la misma pasión como por la NFL, equiparable a mi afición por la música y las películas. Pero había que escribir y hacer entrevistas. Algunas fueron agradables. Otras no tanto.

También, me tomaba tiempo para poder describir otros momentos. No necesariamente los deportivos.

Hubo quien no estuvo de acuerdo en que escribiera en dos secciones. Pero de parte suya, Marcelo siempre hubo un gran apoyo.  Y eso se lo agradeceré por siempre. No tiene precio.

Tal vez por eso no renuncié a deportes. Tal vez por esa paciencia y por esa fe de veterano que usted depositó en este novato, nos aguantamos ante la tempestad en cubierta.

Hubo adversidades. Muchas. Pero me reconfortaba platicar con usted durante las largas guardias en la redacción de Editorial Kino. A veces hasta las 12 de la noche. Después del cierre de edición. A la llegada del “Q”. Luego de entregar la nota.

Juntos recorrimos en un par de ocasiones el campo de Peoria, hace quince años, un suburbio de la zona metropolitana de Phoenix. Hoy, un paraíso para el aficionado al béisbol y al golf.

Hoy me entero de su partida Marcelo. Descanse en Paz Marcelo Martínez Corrales. Donde quiera que se encuentre, Dios lo bendiga maestro, mentor y amigo. Atentamente: Julio Arturo Couoh.

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