Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 10)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Cosa de genios. Minuto 90. Momento de empezar a escribir. Esta Argentina ni funciona ni gusta. Y el colmo: Irán, sí, Irán, leyeron bien, Irán la domina y crea más jugadas de peligro. Leo, el 10, mientras tanto, deambula en la cancha como un fantasma tan parecido al que llevaba sobre la espalda el mismo número en Barcelona durante el último año. Entonces la memoria tiene que remontarse al 86 cuando Diego, el que entonces llevaba el 10, aun ante la paridad de fuerzas con el resto de los equipos, decidía los juegos con una pincelada, un toque maestro. Así para ganarle a Corea y Bulgaria en CU. Y así del mismo modo para empatarle a Italia en Puebla. Ya ni qué decir de los octavos ante Uruguay y los cuartos (con la mano de Dios y el mejor gol jamás hecho en copas del mundo) ante los ingleses y las semis (con los dos goles) ante los belgas y en la final ante los alemanes. Así se ganó aquello de convertirse en miembro exclusivo del grupo de dos que merece la polémica de quién es el mejor de la historia entre él y el 10 del tri campeón Brasil entre 58 y 70.  Y Leo, el heredero del 10 del Diego, igual, casi caminando, habrá decidido el primer juego contra Bosnia, pero ahora, contra Irán, hasta el minuto 90, nada de nada. Qué Leo. La figura a nada del silbatazo final es Romero, el portero que tapó todo lo que enviaron los iraníes, sí, los iraníes, leyeron bien, los iraníes. Minuto 90. Esto no da para más. Ni goles ni emociones. Con esta Argentina puras decepciones. Listo el primer tema en el décimo día de mundial. Pero, momento, momento… Leo, el 10 de 2014, como el Diego de 86, ha cambiado la historia. Gol maradoniano de Messi al minuto 91 para decidir el segundo de dos juegos disputados hasta ahora, tal como lo hizo con el primero. Se los suplico. Ignoren todo lo anterior. Con los genios nunca se sabe.

Vértigo. Esa es la palabra justa. Vértigo, pero no de ese que marea a causa de la altura o crea sensación de malestar frente a algún movimiento brusco, repentino. No, vértigo del otro, del futbolero, del de la bola de un lado a otro, sin pausa. Del que regalan dos equipos verticales, directos, claros, demostrando que el futbol puede ser tan lindo y tan sencillo a la vez. La disciplina y la estrategia como estandartes de uno de los dos estilos que encantan sobre la cancha. Y la anarquía y la velocidad como estandartes del otro. Y luego los goles para coronar tal maravilla de encuentro que legitima el torneo ese al que llaman mundial. Sin mezquindades ambos, sin guardarse nada ambos. Primero los favoritos, metódicos y certeros. Luego la respuesta inmediata con los dos de la voltereta, también con respuesta casi instantánea para la sentencia más justa. Nada que reprochar a los protagonistas. Qué hermoso empate a dos. Qué hermoso juego. No sé si el mejor hasta ahora en el mundial brasileño. Lo que sí sé es que alemanes y ghaneses merecen llegar lejos, por generosos. Tan sólo por eso. Además del vértigo y todo lo demás.

Secos. Dzeko, el gran Dzeko de Manchester City, la metió bien, pero otra vez los árbitros. Y luego llegó el gol nigeriano y el desánimo bosnio. Otro africano con vida. Otro europeo camino a casa.

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