Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 14)

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Una eternidad sin Leo. Fueron aburridísimos. Tanto que aún dudo si nada más fue media hora. Lo cierto es que pareció una eternidad. Llegué corriendo a encender el televisor y lo único que alcancé a observar fue el balón deambulando de un lado a otro, sin idea ni profundidad. Unos conformes con la mínima a favor. Los otros aun perdiendo e igualmente clasificados, también. Para entonces, Musa, nigeriano de facha y apellido, había empatado las dos veces sin dejar que los albicelestes siquiera pudieran festejar. Contaban los narradores que los primeros minutos de los dos tiempos fueron tan emocionantes y espectaculares como lo han sido tantos pasajes del mundial brasileño. Yo qué sé. Ya repetirán el juego para ver esos 63 minutos que me perdí, después de que el mejor del mundo metiera dos de los tres goles de la victoria argentina. Y, obvio, antes de que lo sustituyeran a Messi.

Otra guerra perdida. Recuerdo aquellos noticieros de los noventa. Conflicto bélico, sangre derramada, pueblo perseguido por la guerra a lo largo de su historia y bombardeado por sus vecinos, allá en los Balcanes. Todas frases comunes de lo que pasaba sobre esas tierras ocupadas por ejércitos y corresponsales de guerra, resumidas en tres palabras: Bosnia y Herzegovina. Por eso, yo ni con Irán ni con Nigeria. Junto a Argentina quería ver del otro lado, en octavos de final, a esos futbolistas valientes y aguerridos, talentosos sobre la cancha, pero con la nube del infortunio persiguiéndolos hasta tierras brasileñas. Habría sido lindo oír de nuevo, ahora en los noticieros deportivos, buenas nuevas de los bosnios. Pero no. El miércoles ganaron su última batalla (3-1 sobre los iraníes). Pero no la guerra.

Morir de nada. Seis de los titulares afuera. Así de ese tamaño la confianza de Didier. Y así, con más de la mitad de suplentes, sorteó con relativa tranquilidad el último de los tres juegos de la primera fase. El gran capitán de la Francia campeona de 98 y actual entrenador de los Blues, acertó. Ya calificado no necesitaba más. No frente a esa selección temerosa y desarticulada, la menos competitiva de la competitiva Conmebol. Qué decepción verlos conformes con el cero cero, con no ser goleados por Francia, aunque el resultado les dejara eliminados. Esos ecuatorianos jamás merecieron más. Murieron de nada.

El del hat-trick. Qué bueno ese Shaqiri. Por algo juega en el Bayern. Y qué buenos los tres goles para clasificar a su selección. Los suizos lo merecían. Por eso el hat-trick del héroe de la jornada simplemente hizo justicia ante la pobre Honduras. También lo merecía el viejo Ottmar, antes de dejar el oficio de dirigir en cuanto acabe la copa. Argentina en octavos, su futuro inmediato.

Fieles a la historia. Honduras, la víctima, se marchó sin puntos y sin honor. Fue, al final, el único representante que cumplió con las expectativas de la históricamente débil Concacaf. Nada que ver con México, Costa Rica y Estados Unidos, que ahí siguen, intentando cambiar la historia. Y la imagen, también.

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