Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 21)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Creer y querer. No hay materia prima. Tampoco emoción ni cosas recientes por contar. Cuando menos no de lasque suceden sobre la cancha. Son días difíciles estos, cuando la cantidad de compromisos se va reduciendo hasta presentar sólo ocho historias por delante. Ocho, las mejores ocho, aunque entre éstas se encuentre ese desdeñado juego por el tercer lugar que muchas veces termina por ser el más generoso en cuanto a espectáculo. Es miércoles sin futbol y será jueves sin futbol. Larga espera hasta el viernes de cuartos de final. No soy experto ni conocedor. Tampoco pretendo serlo. Soy un simple aficionado que se dedica a escribir este diario como el niño que llevaba sus apuntes perdidos desde el mundial del 78 cuando ni imaginaba que ese virus llamado futbol lo llevaría a dedicarse a esto que hoy se dedica y le permite seguir siendo una suerte de chiquillo que teclea como poseído del mismo modo que llenaba cuadernillos con garabatos pretendiendo hacerla de historiador del mundial en turno. Y lo diré como siempre, dejando que las manos se vayan. Quiero que ganen Colombia y Alemania. Quiero ver a James y a Thomas frente a frente. Pero creo que en vez de James será Neymar el que se vea las caras con Thomas. Quiero que ganen Holanda y Argentina. Quiero ver a Robben y Van Persie frente a Messi y Di María. Pero creo que en vez de Messi y Di María serán Hazard y Lukaku los que se vean las caras con Robben y Van Persie. Desde aquel lejano 78, suele suceder lo que creo y no lo que quiero.

Complejo en naranja. Cryuff sólo en video algunos años más tarde y de verdad que siento no haber vivido esa época para verlo a plenitud con la naranja mecánica de Michels. Ya como técnico sí lo disfruté cuando sembró la semilla de lo que hoy es el ejemplo de cómo jugar al futbol con esa mezcla entre holandés y catalán con tintes azul y grana. Me tocó el Milan más holandés que italiano de los ochenta con Gullit, Van Basten y Rijkaard y también el Ajax de Van Gaal con Seedorf, Davids y Kluivert ya en los noventa. Y el mundial del 98 con Hiddink y esa misma generación que tuvo para haber echado a Brasil y llegar a la final donde habrían sido un rival más digno de los franceses campeones en casa. Y además Bergkamp y Overmars y los de Boer y Van Nistelrooy y tantos que escapan a la memoria hasta llegar a Van Persie, Sneijder y Robben. Tres finales de mundial, perdidas todas, sí, pero ahí siguen, empeñosos, competitivos, porque los holandeses trabajan sin llorar las desgracias del pasado. Contra esa estirpe, contra esa categoría de selección perdió un México cuyo técnico y cuyos jugadores quedaron paralizados por el miedo a trascender, frente a un adversario que les sacó el triunfo en cinco minutos a puro talento, a pura individualidad, cuando el colectivo no les daba para más. Esa fue la diferencia entre un país que pierde finales y otro que pierde en octavos de final. Contra eso se encontró México.  No contra una decisión arbitral. Ya han pasado varios días, paisanos. Dejemos de llorar. Holanda no es culpable de los complejos ajenos.

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