Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 22)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Refugiados en la memoria. Son emociones pasajeras. Difícilmente, así de primera, cualquiera podría mencionar lo de hace cuatro años. Menos lo de hace ocho o doce o dieciséis. Se vive con intensidad, se sufre incluso frente al televisor. Pero finalizado el juego, a otra cosa. Es más, vaya esto como un desafío para los expertos en mundiales. En realidad, pregunto, alguien recuerda en qué instancia fue el Holanda-Brasil de 98 o el España-Alemania de 2010 o el Argentina-Italia del 90. Casualmente, y lo acabo de comprobar (eso del Youtube es una maravilla), todos esos juegos fueron en semifinales de copas del mundo. Pero sobre todas esas series en ruta a la final, hay dos que siguen ahí arraigadas en la memoria. La primera fue en 82 y ya escribí de ese capítulo algunos días atrás. De un lado estaba Platini con el pequeño Giresse y Tigana. Del otro estaban Rumenigge y el portero Schumacher que clavó su cadera en el rostro del francés Battiston hasta enviarlo a las regaderas sin conciencia y sin dentadura. Terminaron 1-1 el primer tiempo y así terminaron también los 90 minutos. De ahí vino lo mejor. Francia se puso 3-1 en el primer tiempo extra, pero los alemanes empataron a tres para más tarde ganar en penales. Lo mejor que he visto en mundiales, sin duda. Y no es que la nostalgia nuble la razón. No, ya tenía diez años, suficientes para razonar y colocar en su justa dimensión aquel choque trenes. Iba con Francia y sufrí por Francia. Y entonces entendí que en esto del futbol, la única patria que existe es la que dicta el sentimiento frente a una forma de jugar transmitida, en ese caso, desde el Sánchez Pizjuan de Sevilla hasta casa de la tía Silvia en Los Ángeles, California, donde veía ese juego épico durante las vacaciones veraniegas del 82. El segundo gran juego de mundiales, y no por haber sido un dechado de espectáculo y virtudes sino porque fue el show de un solo hombre, lo viví cuatro años más tarde, en el televisor de la recámara que compartía con mis hermanos. Eso no fue Argentina-Bélgica. Fue mucho más que eso. Fue la cumbre del mejor jugador nacido sobre la faz de la tierra. Si, los más viejos que yo (que ya es decir) dirán que fue Pelé en el 70. Y tal vez lo digan con ciertas bases, sus bases. Pero yo no lo creo. Es más, soy escéptico. Yo a Diego sí lo vi. Tal vez porque tenía 14 (esa etapa en la que cualquier descubrimiento se magnifica), pero no creo, de verdad no creo que nadie haya sido mejor antes que él, como no creo que nadie haya sido mejor después de él. Pum, pum, dos tiros (sobra decir que mediante dos jugadas de las que acostumbraba hacer, geniales). Y hasta ahí la historia de los belgas sentenciados por el 10, el más grande de todos. Esas dos, la de los alemanes acabando al límite contra los franceses en 82 y la de Diego en la cumbre de grandeza echando a Bélgica en 86 son los capítulos que no olvido ni olvidaré. Quién dijera que 32 años después volveré a ver a alemanes y franceses jugándose la vida en duelo a muerte, o que otro gran 10 argentino pueda siquiera hacer sombra al otro gran 10 y precisamente contra los belgas después de 28. A ver cómo lo hacen ahora. Ya no son semifinales. Son cuartos. Por cierto, también van Brasil contra Colombia y Holanda contra Costa Rica. De esos cuatro las emociones han sido más bien pasajeras.

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