Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 24)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Una joda. No, a mí no me van a venir a ver la cara. Yo sí vi a la selección de Maradona cuando “le cortaron las piernas” en 94 o la de 98 cuando el Cholo ganó la batalla frente a Beckham, o la de 2002 que se fue antes de tiempo con el genial Loco Bielsa en cuclillas, como buscando explicaciones a la eliminación en la fase de grupos. Hasta la de 2006 cuando Pekerman no se atrevió a arriesgar con el joven genio, Leo, para caer en penales, a modo de penitencia, contra los alemanes en cuartos. Y cuatro años después contra los mismos alemanes y la goleada de 4-0 sin reacción del gran Diego, tan distinto dirigiendo fuera que dirigiendo dentro de la cancha. Todas esas selecciones argentinas tenían algo. Un sello, una identidad. Por eso no me la creo. No me creo que ese señor Sabella, tan falto de personalidad como falto de un alma que impregnarles a esos zombies que visten de albicelestes ganando juegos como limosneando emociones, sea mejor que Coco, el Kaiser, el Loco, Pekerman o hasta que Diego. Podrán haber ganado cada uno de los cinco juegos hasta ahora. Podrá haber sido un golazo el del Pipa contra los inofensivos belgas y podrán tener a Leo. Sí, están en semifinales después de 24 años y podrán tener posibilidades de ganar esta copa que ha demostrado que las camisetas aún pesan. Pero, como dicen ellos, ¡no me jodan! Argentina es mucho más que eso. Y eso, no es la mejor Argentina.

Paredón. Qué heroico Keylor y qué heroicos los ticos. Soportar los embates de los holandeses, todos en bloque, bien unidos y en conjunto, fue de grandes. Robben al arco y Robben tapado por Keylor. Sneijder al arco y Sneijder tapado por Keylor o rechazado por los palos. Van Persie al arco y Van Persie tapado por Keylor o por la pierna salvadora de algún lugarteniente del fortín centroamericano. Kuyt yendo y viniendo por la banda derecha, a placer pero sin éxito, frente al ejército tico (único en su especie dentro de esa patria pacifista y ejemplar). Fueron 120 minutos de intentos fallidos por parte de los holandeses que cuando podían superar todos los obstáculos puestos en el camino por Pinto, el técnico colombiano más costarricense, siempre hallaban lo que fuera, la suerte incluso, para topar con pared, una pared llamada Keylor. Pero el juego tenía que definirse de algún modo. Y entonces Keylor se encontró solo, en total indefensión contra los cuatro killers naranjas, sedientos de venganza, mientras su contraparte, el grandulón holandés ingresado exprofeso por el viejo lobo de mar, Van Gaal, se daba vuelo adivinando los cobros de los suyos. Y ahí, como en el paredón, desde los once pasos, fue fusilado cuatro veces, liquidado sin piedad y eliminado en cuartos de final, pero heroico como el gran guerrero que comandó la armada al grito de ¡Pura Vida!

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