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DIARIO HASTA LA FINAL (Día 25)

Por Marco Antonio Domínguez Niebla Papelitos en color. Sería elevar la expectativa a alturas épicas en estos tiempos cuando ya resulta complicado ver un juego de tales dimensiones como aquel de la final en 78. Entonces todo terminó como tenía que terminar. El país anfitrión, cuando el mundial de la dictadura, ganó la final. Pero no […]

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Papelitos en color. Sería elevar la expectativa a alturas épicas en estos tiempos cuando ya resulta complicado ver un juego de tales dimensiones como aquel de la final en 78. Entonces todo terminó como tenía que terminar. El país anfitrión, cuando el mundial de la dictadura, ganó la final. Pero no fue sólo una orden del régimen. Ese campeonato tuvo cimiento. Era la calidad de los futbolistas y lo novedoso de la propuesta enviada al mundo por su técnico. El Flaco con su cigarrillo, aún joven, cautivando con el discurso y el resultado, pese a la sospecha cuando los peruanos se llevaron los seis goles, uno más de los que necesitaban los de casa para seguir con vida. El recuerdo de esa selección va más allá de esa suspicacia porque el Pato era el portero, el Kaiser era el capitán y el gran Matador Kempes hacía goles como si fuera cosa fácil (sin olvidar a Bertoni, Tarantini, Ardiles, Luque…). Y todavía el Flaco se dio el lujo de dejar fuera de la convocatoria Diego, el chico que apuntaba a ser lo que finalmente fue, reservándolo para que un año después ganara el mundial juvenil. Del otro lado la naranja ya no era la misma que llegó a esa instancia con el mismo saldo cuatro años antes frente los alemanes, anfitriones del 74. Y ya no era la misma porque no estaba el mejor holandés que ha pisado una cancha y que la pisará jamás: Johan. Todo aquel que vio el mundial de 78, incluso el chiquillo de seis que 36 años después escribe sobre el tema, no podía más que enamorarse de ese deporte de pasiones desbordadas, como la del Matador corriendo para festejar sus goles, o Bertoni quitándosela al mismo Matador para sentenciar todo en tiempos extra hasta provocar la lluvia de papelitos blancos y celestes que pintaron la cancha del Monumental haciendo aún más inolvidable la escena del Kaiser argentino, Pasarella, con la copa en lo alto. Luego han venido capítulos menores pero con pinceladas acuñadas entre lo mejor de las copas del mundo. Fue en 98 y Bergkamp pegándole de tres dedos para echar a los del Kaiser, ya cuando el Kaiser era técnico. No se trata de pedirles capítulos épicos como el primero que este día 25 del diario nos ha ocupado, ni tampoco les exigimos goles como la joya de Bergkamp en Francia. Sólo les pedimos a los dos, Argentina y Holanda, que estén mejor de lo que han estado hasta ahora. No es tanto, en realidad. Sólo que en esta semifinal que se viene, den la talla. Su talla real. Aunque no vuelen papelitos en color.

Fugaz. Todo ha pasado tan rápido. Así pasa todo cada cuatro años. Toda la espera resumida a un mes tan fugaz como feliz. En mi caso es el décimo mundial vivido. No sé si el mejor porque me tocaron Argentina en 78, España en 82, México en 86 cuando lo de Diego. También fueron mundiales felices los de Estados Unidos, Francia y Alemania. Incluso Sudáfrica. Al final las cuentas dicen que sólo Italia fue un mundial triste, sin tantos goles. Y el de Corea y Japón es un recuerdo a retazos, a lo que el sueño permitiera en esas madrugadas de futbol. Pero igual aquellos meses, entre junio y julio del 90 y del 2002, pasaron tan rápido. Así como pasa todo cada cuatro años.

Dos días sin fut. Fue un domingo sin futbol. Y aún más que eso: fue un domingo de mundial sin futbol. Aguarda un lunes de mundial sin futbol. Ya tocará contar algo de Brasil y Alemania, los gigantes que tienen una cita el martes por un capítulo de gloria más de los tantos escritos en mundiales.

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