Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 26)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Colosos de madrugada. Me gusta el futbol, me apasiona. Es una debilidad que me aísla de casi cualquier otra actividad por placentera que sea. Y más me apasiona ver a dos colosos frente a frente en una etapa definitiva. Brasil, en su mundial, contra Alemania, el sinodal al que nadie quiere medirse en series a matar o morir. Los alemanes son tan parecidos siempre: metódicos, prácticos, contundentes. Si se tratara de recordar a las figuras alemanas en los mundiales (aun en los que han ganado) saltarían dos o tres nombres, cuatro tal vez, pero hasta ahí, porque la idea de ellos es el equipo, el conjunto, aquello de la unión hace la fuerza. Y los brasileños hace muchos años, desde el 82, dejaron de ser los del espectáculo, los de la fiesta dentro de la cancha. Ahora son pragmáticos (así dicen los analistas futboleros), o lo que es lo mismo, van por el triunfo sin importar cómo. Pero así les ha alcanzado para seguir embolsándose finales como la de 2002, aquella en la que enfrentaron a los alemanes por primera vez en mundiales para vencerlos 2-0 (con los dos del fenómeno, el Ronaldo de verdad, contra el Mono Kahn) durante la rúbrica de la copa asiática cuyos juegos nos agarraban de madrugada. Así que la semifinal del martes me permitirá ver por primera vez enfrentados en un mundial a los dos colosos históricos en serie a matar o morir. Porque para mí el futbol es una pasión, una debilidad que me aísla de casi cualquier actividad por placentera que sea, menos de dormir.

Tengo que contarlo. Alguna vez, no recuerdo ni cuándo ni de quién, escuché decir eso de que los sueños hay que contarlos para que no se vuelvan realidad. Sin aceptarlo abiertamente, siempre hallo el modo de deslizar de modo sutil, como no queriendo, el tema soñado durante cualquier charla, mientras se trate de algo inconveniente. No es que crea en esa suerte de superstición, pero les cuento que anoche soñé que me encontraba frente al televisor después de ver la final de la copa del mundo. Y ganaba Brasil.

Luto blanco. Prefiero al Barca por sobre el Madrid. Son de esas cosas inexplicables del futbol. Tal vez sean los colores o tal vez sea que prefería a Cruyff, Stoichkov, Romario y Guardiola por encima de los que en ese momento, finales de los ochenta y principios de los noventa, vestían de blanco. Y por fortuna prefiero al Barca, aún más de diez años a la fecha, porque tiene en sus filas a Leo, el mejor de todos desde el retiro de Diego. Y digo por fortuna porque si hubiera elegido el blanco por el azul y grana, seguramente, como lo hace todo buen madridista, entraría a la dinámica estéril de desacreditar a Leo buscándole defectos y demeritando todos sus logros, toda su magia. Por fortuna prefiero al Barca en tiempos de Leo. Porque seguramente si hubiera vivido los años sesenta me habría inclinado por el blanco con tal de no entrar a la dinámica estéril de desacreditar a Alfredo buscándole defectos y demeritando todos sus logros, toda su magia. En paz descanse, en pleno mundial y aun cuando a él no le tocó jugar alguno, el más grande de todos los que han vestido de blanco.

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