Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 28)

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Con i de Lio. Nunca he sabido bien a bien como se escribe. Leo o Lio. Se llama Lionel. De modo que sería lógico llamarlo Lio. Pero en todos lados, diarios y revistas, lo señalan como Leo, así con e en vez de i. El caso es que, pese a los primeros goles decisivos y aquella asistencia a Di María en octavos contra los suizos, Leo o Lio no ha sido lo que se esperaba. Dos o tres pinceladas, como los pases de gol desperdiciados por el Kun y Maxi y Palacio y el Pipita en la semifinal ante los holandeses, no bastan para la expectativa creada por ese pequeño genio que ha forjado su leyenda vestido de azul y grana en espera de hacerlo de albiceleste. Detrás tiene, ni más ni menos que la sombra de Diego, el jugador que por sí solo más ha pesado en la copas. Y aunque sean odiosas (según dicen), las comparaciones son inevitables. Diego, 28 años atrás, marcó dos goles míticos en cuartos ante los ingleses (mano de dios y el más lindo en la historia de las copas) y dos más en la semifinal ante los belgas. Esos dos juegos fueron su consagración, aun cuando en la final ganada sobre los alemanes pasó casi de noche hasta poner la pelota que Burruchaga metió para el bi campeonato casi de último minuto. El heredero del 10 sobre la espalda en blanco y celeste no ha tenido tal suerte. Casi de noche en cuartos y semifinales. Ya en la final, ante los mismos alemanes que enfrentó Diego durante aquel mediodía dominical del 86 en el Azteca, nos queda la esperanza de verlo en su máxima expresión como lo que es: el mejor de todos hoy en día. Parece que esa esperanza la tiene él también. La sonrisa mostrada en la foto de Instagram después del juego lo denota. Y el mensaje que ahí mismo dedicó a sus compañeros, mientras le realizaban el examen antidoping, me hizo salir de dudas. Lo firmó Lio.

Daba lo mismo. Cuando vi salir a los primeros jugadores desde la toma en pleno túnel rumbo al terreno de juego, recordé tantos pasajes felices que me hicieron vivir en mundiales quienes vestían esa camisetas y medias naranjas, con el pantaloncillo en blanco. Y luego lo mismo cuando empezaron a salir los otros vestidos con la camiseta en blanco y celeste, pantaloncillo y medias negras. Cómo desee que los primeros avanzaran a la final. Pero lo mismo desee al ver a los segundos. Sabía que, sobre todo si se daba en la serie de penales, disfrutaría con el ganador, pero también sabía que sentiría un dejo de nostalgia con cualquiera que quedara en el camino. Al final sufrí un poco por Holanda. Pero lo mismo disfruté por ver a Argentina en una nueva final. De no haber sido así habría sufrido un poco por Argentina. Pero lo mismo habría disfrutado por Holanda.

Y cuando no quieren… Qué actuación de Mascherano, legitimando aquello del “Jefecito” como mandamás del medio campo. Luego, los esquemas precavidos de Sabella y Van Gaal, a punto de temerosos sin soltar las amarras por 120 minutos, apenas sacudidos por las escapadas de Robben y los chispazos de Lio poniendo pelotas de gol como ningún otro, todo coronado con las atajadas de Romero en los penales. Ni cerca de ser una de las mejores. Pero cada semifinal de copa del mundo siempre deja un montón de cosas por recordar.

La final. La mejor Alemania de mucho tiempo contra la peor Argentina. Los alemanes que vienen de hacerle siete a los anfitriones en desgracia y la Argentina que ha llegado a la final mendigando resultados. El pronóstico parece sencillo en la versión Argentina-Alemania III (después del bicampeonato argentino en 86 y el tricampeonato alemán en 90). Pero en esto llamado futbol hay que jugar 90 minutos o media hora más.

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