Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 29)

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Tanque fundido. Lo impresionante fue ver a tal tanque fundirse en el último esfuerzo. Sucedió a esa hora insoportable para jugar al futbol, tan común en el país anfitrión. Pero vamos por partes. La historia comenzó temprano, cuando Schumacher se pasó en el centro cruzado de Burruchaga y llegó el Tata Brown a meterla. Con el calor y la altura en el Azteca al mediodía de ese domingo, era aún muy temprano para considerar que la historia estaba sentenciada. Ya en el segundo llegó lo que pudo ser la puntilla: pase filtrado a la definición de Valdano (que antes de hablar y escribir bonito de futbol, hacía goles como loco) para el 2-0 que, sin embargo, no hizo más que despertar el instinto de un especialista en librar este tipo de guerras cuando se siente herido de muerte. Así fue que los alemanes Rummenigge y Voller, durante el último cuarto de hora, empataron con remates dentro del área chica, en las narices del portero Pumpido. Argentina pudo haber caído en ese momento. Entonces, el 7 y el 10 se pararon en el medio campo para sacar tras la igualada y algo se dijeron. Lo recuerdo perfecto. Yo le iba a Argentina y sentí que entre ellos se las arreglarían para resolver lo que se les había escapado de las manos. Igual esos dos tiros no hicieron más que generar el mismo efecto en los dos protagonistas: despertaron el instinto de uno que sabe librar este tipo de guerras cuando se siente herido de muerte. Y Diego, el 10, que no había pesado en casi 90 minutos, sólo tuvo una. Y, como siempre, supo resolverla. Casi de espalda, giro y tocó con la virtuosa zurda hasta habilitar al 7, Burruchaga. Al principio la jugada lucía cómoda: mano a mano entre el atacante argentino y el guardameta alemán (especialista en conmocionar y dejar sin dentadura a sus adversarios como lo hizo cuatro años antes en la semifinal de Sevilla contra el francés Battiston). Pero el primero alargó la pelota de más en la conducción y el segundo se ató en vez de salir. Y es que, justo en ese momento, apareció Hans Peter Briegel, el lateral con la carrocería más impresionante que las copas del mundo hayan recibido jamás. Entonces, el tiempo se detuvo. Burruchaga intentando alcanzar el balón. Schumacher esperando, atado al borde del área chica. Y Briegel cerrando, después de cruzar más de medio campo para cortar la jugada. Al final, la historia todos la conocemos. Burruchaga ganó. Schumacher vio cómo entraba el balón a su meta. Y también vio a su compañero, el Tanque Briegel, fundido casi a mediodía, viéndole la espalda al 7 argentino mientras celebraba el tercero, ya casi sin aire. También sin tiempo para más.

A falta de futbol, recuerdos. El antes relatado fue el primer capítulo entre argentinos y alemanes. Tanto por recordar sin futbol y a tres días de la tercera final entre ellos. Tiempo suficiente para reservar el recuerdo del segundo capítulo, el de Italia en 90, también con los argentinos de Bilardo y los alemanes de Beckenbauer, cuando el “mexicano” Codesal y el penal en el Olímpico de Roma.

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