Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 3)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Sin traducción. Jota. A. Eme. E. Ese. Así, tal cual, se dice. Zurdo y talentoso. Los de Banfield en Argentina, los de Porto en Portugal, los de Mónaco en Francia, y por supuesto todos en su país, y ahora en el mundo entero, saben cómo decirlo. Los griegos, que reaccionaron y crecieron pero sin un talento como él en la creación, lo padecieron. Se merecía uno, un gol cuando menos. Y éste, recompensa a su influencia en el 3-0, llegó a nada del final, con el sello de la casa: como acariciando la pelota para ponerla abajo, inalcanzable, por más que esfuerzo del arquero adversario, para terminar por asumir el liderazgo dejado por su compañero en Mónaco, Falcao, el “Tigre” ausente. Que quede claro para eso de la pronunciación. Nada de Yeims. James. James Rodríguez, sin traducciones. Así nada más. A la colombiana.

Abrazo al capi. El capitán se deja querer. Siente el abrazo tierno e inocente del defensa tico, y entonces el charrúa lo acepta de buena gana. Ambos caen, entrelazados, sin espacio para la duda del árbitro. Penal y Cavani se encarga de ponerla dentro. Apúntenle la mitad del gol al viejo capi Lugano. Luego llegaría la catástrofe.

Endemoniado. Aunque juegue en la Premier League, la verdad, ni lo conocía. Y como juega en Concacaf, por lógica, no aparecía por ningún lado como posible protagonista del mundial brasileño. Pero así son los mundiales. Siempre hay tapados, caballos negros. Y el tico ese endemoniado, de apellido Campbell (así como las sopas), primero empató mediante un zurdazo. Y el efecto fue tal que los bi campeones charrúas quedaron sobre piernas vacilantes sin poder exorcizar a ese negro poseído que amenazaba con cada avance a la contra. Ya más tarde, el jugador del Arsenal inglés remató su tarde de gloria con un pase preciso para el 3-1 final. El tocayo Ureña nomás la metió.

Cosa de grandes. Pirlo la hizo, con una finta magistral (tan magistral como todo lo que hace ahí parado dirigiendo el juego) y Marchisio la metió certero, preciso. La respuesta llegó de inmediato. Rooney la hizo, con un desborde desequilibrante (tan desequilibrante como todo lo que hace ahí preocupando las defensas rivales) y Sturridge la metió cerrando justo, letal. Idas y vueltas, toma y daca (como dicen los clásicos), hasta que, ya en el segundo tiempo, Candreva la hizo y súper Mario la metió con un cabezazo criminal, asesino. Italia se llevó el triunfo de 2-1. El ganador merece aplauso. Inglaterra quedó sin puntos tras el juego de potencias. El perdedor, por eso que llaman “las formas”, también merece el aplauso. A pesar del nuevo injerto capilar de Rooney.

Todas las Italias. Prandelli es el responsable de la nueva Italia, la que sale jugando, la que ofende, la que dejó atrás el Catenaccio. La Italia de Prandelli ganaba, la empató Inglaterra, nunca renunció al ataque y recuperó terreno hasta ganar en su debut. Zaccheroni es el responsable del nuevo Japón, el que se repliega, el que defiende, el que ha tomado como estandarte el Catenaccio. El Japón de Zaccheroni vencía a Costa de Marfil, lo empataron, renunció al ataque y jamás recuperó terreno hasta perder (2-1) en su debut.

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