Rusia 2018

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 30)

FIFA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Caritas pintadas

Jamás se ha sentido culpable por carecer de emociones respecto a su selección. Tal vez disfrutar su primer mundial de futbol a muy temprana edad le inoculó una especie de indiferencia frente a ese patriotismo mundialista que ataca a la mayoría cada cuatro años y que a él tanto le cuesta entender. Desde niño, desde que vio perder al equipo nacional tres veces en una misma primera fase, incluido un seis por cero cortesía de los alemanes, ha tenido que ser cuidadoso con expresar lo que realmente piensa de quienes recaen, reincidentes, contumaces, mientras encienden la nueva ilusión para apagarla con el cubetazo helado de la decepción, ya tradicional frente al último examen, el que habrá de reprobarse en la misma parada cada Copa del Mundo. Y no es que quiera ver perder a su selección. Incluso cree que ya es tiempo pensar que algún día de algún mundial el equipo nacional del país en el que nació será una de esas revelaciones esporádicas, enrachadas de repente en plena justa para encontrarse jugando los juegos importantes y que, entonces sí, los mejores equipos del mundo volteen a la hora de reforzar sus plantillas con su talento, pero en serio, y no sólo desde la imaginación de los maquiladores de notas de prensa filtradas por promotores y reproducidas por reporteros a modo frente a la necesidad de mantener vivo aquello que murió sobre la cancha después de disputado el cuarto de los compromisos. A diferencia de los aficionados nacidos más al sur, él lo hizo en un país bendecido geográficamente para ser invitado permanente a los mundiales, un país cuyo futbol ni es tan malo para acabar su camino en las primeras rondas ni tan bueno para pactar de la quinta a la séptima cita. Se ha acostumbrado a ser un futbolero extraño en el país donde le llaman villamelón al que quiere ver jugar a Francia, Argentina, Brasil, Alemania, España, Italia (cuando va) o Brasil, y no al que ve cuatro partidos cada cuatro años, vestido de verde con la carita pintada, primero idolatrando y luego maldiciendo a los que pasan de ídolos a troncos, según su consideración, en cuestión de días. Por fortuna, él es de los primeros. Si no su mundial habría acabado dos semanas antes y no tendría la ilusión ni la emoción de madrugar el sábado para ver el Bélgica-Inglaterra II, primero encontrados con la calificación de la primera ronda asegurada y ahora por el puro orgullo que da ganar ese poco recordado tercer lugar, o le sería indiferente una final de domingo muy de mañana entre Francia y Croacia. Tampoco sentiría los primeros embates de la nostalgia a un par de días de cerrar un capítulo más de su vida consistente en escribir cada día de cada Copa del Mundo.

*El autor es colaborador de AGP Deportes.

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