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DIARIO HASTA LA FINAL (Día 32)

Por Marco Antonio Domínguez Niebla Umlaut. No sabría mencionar a uno solo. Y es que tengo un problema también para escribirlo. Ni siquiera al chico Goetze, tan precoz como frío para asestar el tiro de gracia cuando se acababa el segundo tiempo extra. Todos tan capaces y tan solidarios. Difícil la tarea de particularizar, aún más […]

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Umlaut. No sabría mencionar a uno solo. Y es que tengo un problema también para escribirlo. Ni siquiera al chico Goetze, tan precoz como frío para asestar el tiro de gracia cuando se acababa el segundo tiempo extra. Todos tan capaces y tan solidarios. Difícil la tarea de particularizar, aún más cuando no encuentro esa especie de diéresis germánica en el teclado, llamada umlaut (ustedes perdonarán la omisión de tales puntillos sobre las vocales, por la explicación expuesta previo a esta línea). Desde el solvente Neuer y el viejo goleador Klose pasando por el eterno Lahm, Hummels, Boateng y hasta el lateral de la izquiera Howedes, o el impronunciable e inagotable Schweinteiger junto con Kroos, Ozil, el ausente Khedira y el certero relevo Schurrle con un siempre amenazante Muller por todos los frentes posibles de ataque. ¿Uno mejor que el resto? No. Eso es lo mejor. El mundial lo ganó un equipo. Una roca firme sin partículas sueltas bajo la dirección de un líder imperturbable de apellido Low (también con umlaut, en este caso dos puntillos encima de la o).

Un Lio. Hace ocho años no pasaba nada. Apenas 19 y su primera copa. Un mundo por comerse. Fue el cambio que Pekerman nunca hizo. La víctima de las circunstancias. Los penales con Alemania en cuartos y adiós. ¿Cuál problema? Hasta tres mundiales por delante. Hace cuatro años no pasaba nada. Apenas 23 y su segunda copa. El mundo ya a sus pies. Se fue sin goles. La goleada cuando Diego como técnico con Alemania en cuartos y adiós. ¿Cuál problema? Hasta dos mundiales por delante. Y hace unas semanas, ya en plenitud, algo tenía que pasar. Ya con 27 y su tercera copa. El mundo ya debidamente devorado y él consagrado como el mejor de todos, el gran heredero de la 10. Fue la esperanza que en eso quedó (a pesar del premio inmerecido marca FIFA). El gol alemán en tiempos extra de la final y adiós. ¡Qué problema! Sólo un mundial por delante. Y en Rusia, dentro de cuatro años, algo tiene que pasar con él vestido de albiceleste, tal como pasa cuando viste de azul y grana desde los 19 y los 23 y los 27. Tal sea a los 31.

A la altura. La de Higuaín solo frente a Neuer después de una de las cosas más extrañas de esta copa del mundo: un error de Kroos. Luego la del calvo ese de la trencilla ridícula, Palacio, temeroso frente al intimidante Neuer. Pero lo hicieron bien. Mucho mejor de lo que se esperaba, incluso. Al tú por tú, como se dice en las crónicas futboleras, contra la mejor selección del mundial brasileño. Hasta Sabella, el señor ese de gesto compungido y de cambios erróneos, pareció por momentos fugaces (al inicio del segundo tiempo, sobre todo) el Flaco con su cigarrillo y su futbol colectivo y generoso del 78, aunque fue más el tiempo que pareció el Narigón con su obsesión por el parado del equipo para que luciera Diego en el 86. Tendríamos que ser agradecidos con Argentina por regalarnos su mejor versión durante esos 112 minutos de emoción e incertidumbre, antes de que la final fuera ganada por el que tenía que ganarla.

Y fue hasta la final. Las despedidas son una de las tantas cosas que no se me dan. Mucho menos cuando la distancia será tan prolongada. Llegó el día 32. Se jugó la final. Y cierro este diario. Espero abrirlo de nuevo en junio de 2018. Todo pasará en Rusia.

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