Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 5)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Guárdate los cuadritos. Llega la gran oportunidad. Su equipo pierde 3-0, pero él parece ignorar ese dato porque tiene ante sí la posibilidad de destacar él, sólo él, nadie más que él entre los vestidos con los colores que en su momento dignificó y glorificó el gran Eusebio. Toma la pelota y de inmediato mira la gran pantalla del estadio brasileiro. Todo está bien. La cejita delineada y el nuevo copetito, ahora partido en dos. Está en forma (aun convaleciente de tendinitis), impecable, los cuadritos ahí guardados y listos para ser mostrados cuando se ocupe, tal como lo planeó para su presentación mundialista. Luego patea y estrella el balón en la barrera, fiel a su intención de meterla de todos lados, con ángulo o sin tal. Al final, su selección, Portugal, cayó goleada. Un 4-0 sin lugar para las dudas. Eso pasó a segundo término. Cristiano está desolado. No hizo su gol. Uno suyo. Sólo de él.

Malo de malos. Pega y encara, como lo hace siempre. Y Muller reacciona y lo hace bien porque ya lo conoce. Ya lo conoce él y lo conocen todos. Entonces, responde al desafío del rudo, Pepe, el malo de malos. El árbitro observa la escena: el pequeño, leve, casi tierno tope que el central luso propina al tanque alemán, autor de tres de los cuatro que más tarde consumarían la goleada. No era para roja. Tal vez ni para amarilla. Pero en esta ocasión (después de salir tan bien librado, inmune a tantas pillerías) no estaba en España ni vestido de merengue. A las regaderas apenas en el primer tiempo del debut mundialista y vestido con los colores nacionales de Portugal. El pasado, tarde o temprano, condena a los malos como él.

Tanque Thomas. Inició de 9 matón, letal. Luego lo retrasaron porque en el gigante alemán, Bayern, no tenía cabida ahí adelante. Pero, para presentarse con la tri campeona, ha demostrado que lo que bien se aprende jamás se olvida. Así, llegando de atrás y con ese olfato goleador intacto, metió tres ante los inofensivos portugueses. Hay nuevo líder de goleo en el mundial. Se llama Thomas, se apellida Muller y es alemán.

Lo sospeché… Ni lo vi ni quería verlo. Urgía una pausa de futbol en espera del debut de los de Klinsmann. Nigeria e Irán son para el resto del mundo lo que para nigerianos e iraníes habrá sido un México contra Camerún o un Costa de Marfil contra Japón. Nada de interés, nada de expectativa. Sólo que, en este caso, sin goles ni emociones. Es el único juego que me he perdido. Es el único empate (y sin goles) ya casi para acabar la primera ronda de grupos.

Gringos precoces. Por extraño que parezca, el juego casi nunca estuvo empatado a cero. La historia fue repetitiva. Una y otra vez, unos atacaron en busca del empate y los otros replegaron para defender la ventaja. Hasta que un ghanés de apellido Ayew acabó con la fortaleza instalada por Klinsmann y marcó lo que era el segundo empate de la copa, apenas en cuestión de horas. Pero sólo duró cuatro minutos la euforia africana por la igualada. El central Brooks subió y volvió a poner las cosas como empezaron. Y es que casi empezaron así, con ventaja norteamericana. Dempsey había abierto el marcador a los 32 segundos.

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