Columnas

DIARIO HASTA LA FINAL (Día 7)

 

Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Un minuto de silencio. No era un campeón cualquiera, vulgar, común y corriente. No. El defensor de la copa era algo así como la Brasil del 70 tratando de repetir sin éxito en Alemania. O el mismo Brasil en 66 incapaz de refrendar el bi campeonato en 58 y 62. Un equipo de esos tan escasos, preocupados con la estética, la construcción de una forma, la creación de un estilo, unas maneras. Ni más ni menos. Por eso quería ver su resurgir, su despertar. Pero, maldita sea, a los promotores de la función de box se les ocurrió organizar su rueda de prensa a las doce. Así que entre carreras y entrevistas y las dos edecanes y los peleadores lanzándose desafíos, que cae el primero de Chile durante uno de los vistazos al televisor del bar del hotel. Y en el traslado que cae el otro. Y al final ni vi el juego ni hubo resurgimiento. Cuando me senté frente a la pantalla el campeón ya agonizaba después de los dos sin respuesta ante Chile. Sólo fue cuestión de esperar el final. Ya sin garra, ni hambre, ni los deseos aquellos de ese grupo por repetir lo de hace cuatro años. El final tuvo que ser otro. Pero no lo fue. La gran España, la bi campeona de Europa, la campeona del mundo, ha abdicado (ahora que la palabrita está tan de moda por tierras ibéricas) apenas a siete días de iniciada la copa. Aunque con el tiempo este dato será irrelevante, complementario. Solamente será referido como el mundial brasileño donde entregó la corona la última gran selección. Así del tamaño y las dimensiones del Brasil tri campeón con Pelé.

Piadosos. Pudieron hacer muchos más. Al final metieran uno o dos o diez, era lo mismo. Sólo con ganar tenían para llegar con vida el lunes frente a México. Lo que quedó claro es que estos croatas se conformaron con cuatro tiros a los leones.

Comparsa africana. Pobres cameruneses. Todos peleados. Jalones y empujones entre sí.  Ni a comparsa llegaron. Mucho menos a leones. Mansos, inofensivos. Y, sin gol a favor y cinco en contra, los espera Brasil, el anfitrión herido.

Destino y futbol. Justo desde el primer gol, el del 1-0, y luego el empate a dos, apenas cuando se había marcado el 2-1 me puso a pensar que en el futbol la distancia entre los grandes y los otros va de la mano con eso que llaman destino. Y la idea se acentuó cuando aparecía Leckie, solo. Lo que necesitaba era poner la frente y darle cierta potencia al remate. Australia, haciendo el juego de su vida, empataba 2-2 con la naranja y dominaba las acciones, pero no el resultado, nada más porque a Robben le cayó una y a Van Persie otra. Y entonces -regreso al inicio-, Leckie ahí, solo con la pelota a modo, sin saber qué hacer. Su pechazo, o cualquiera que haya sido la parte de su anatomía con la que el australiano alcanzó a rematar, fue dócil a las manos del portero holandés por ahí del minuto 67. Y, en la consecuencia de esa misma acción, un holandés apellidado Depay pateó al arco y el portero Ryan correspondió a lo hecho por su compañero Leckie. Fue el 3-2 definitivo para Holanda. El cronómetro marcaba el minuto 68 cuando el destino premió al grande, como se les llama a esas selecciones que siempre acaparan los cupos en cuartos y semis y final, con uno que otro intruso ocasional.

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