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RELATOS DEL SUR

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Por Claudio Valencia

Brown de Adrogué

Villa Urquiza, 12 PM, la decisión aún no estaba tomada, había dudas. Ir hasta Avellaneda y no poder entrar iba a ser duro, pero el deseo de ver al rojo fue más fuerte, valía la pena el riesgo. Su primer partido en primera B, el amor a la camiseta es mucho más fuerte que la humillación de jugar en una categoría inferior. Todavía no se que es el amor a la camiseta, se mezcla con historias de pibe, con la mano de Ismael, la que me llevó por primera vez a la doble visera una noche de los sesenta, una noche que esperaba que una voz de relator transmitiese el partido como en la radio, sólo escuche la voz del estadio dando las formaciones, primero la del rojo, luego la de Estudiantes de la Plata, reconozco que la ausencia de relator me sorprendió, casi me decepcionó, finalmente esa falta-de fue sepultada por las luces increíblemente intensas, la gramilla tenía un verde que nunca había visto, no había mucha gente, quizá por eso Ismael eligió aquella noche. En esa época los players usaban camisetas libres de la contaminación empresarial, rojo homogéneo con cuello y puños blancos, saludo místico a dos brazos estirando la indumentaria, saludo místico que supo imponer el rojo de aquellas épocas.  Casi cuarenta años después estaba yendo con mi familia nuevamente a la cancha, una situación muy diferente, desde lo deportivo muy lejos de las glorias sesenteras, desde lo logístico, enormes dificultades para ingresar a un estadio no siendo socio.   Plaza Constitución, la gran estación terminal de Buenos Aires, encuentros, desencuentros, trenes que se pierden en el horizonte de Barracas, maraña de fierros, por arriba y por abajo, trenes que se pierden en el alma, relojes antiguos, gente durmiendo en el piso, gente viviendo en el piso, corridas para alcanzar el tren que sale, se empiezan a escuchar cánticos, vienen de la línea C, llegan al hall central, también bombos, como otras tardes de domingo que esta vez cayó en sábado, cada vez más cercanos a nosotros, apenas me podía concentrar en el tablero que anunciaba las salidas de los trenes, percusiones profundas, impacto en el tórax, revoltijo de recuerdos, piel de gallina, gente temerosa de que el aliento al rojo se transforme en descontrol, piel de gallina, placer de compartir con la familia, cuentos que se hacen realidad, piel de gallina, la turma ya estaba en el hall a un lado nuestro, piel de gallina, caritas, de July, de Male, de Cris, caritas, piel de gallina, anuncio de formación con destino a Temperley próxima a salir, compañeras de aventura, testigos de un pasado que se desprendía de los fierros de la gran estación, de sus arcos, de sus piedras, piel de gallina, salida con puntualidad británica. Yrigoyen pasó de largo, también el riachuelo, enseguida llegamos a Avellaneda, bajamos las escaleras casi arrastrados por la turma que se dirigía al estadio, desembocamos en la avenida Pavón, la cruzamos y empezamos a caminar paralelo a la vía, el clima de cancha se hacía cada vez más intenso, en las parrillas callejeras abundaban chorizos y cortes de vacío, exhibición más que tentadora, aroma irresistible, sin embargo no era el momento a pesar del ligero cosquilleo en las tripas, la incertidumbre inhibía el apetito, estábamos a punto de probar suerte.

Todavía no me explico por qué tenía tanta confianza en que íbamos a poder entrar al estadio. Se suponía que sólo los socios exhibiendo el carnet podían hacerlo. Una vez que llegamos a la avenida Alsina nos encontramos con el primer escollo, barandas metálicas transversales de punta a punta, solamente un pequeño espacio abierto en donde se instalaban los controles, antes de las barandas muchos policías vigilando el acceso. Separándome unos metros de la familia me acerque al muchacho que revisaba los carnets, le expliqué que queríamos ingresar pero que no éramos socios, que veníamos de muy lejos a ver al rojo, como si eso le pudiese haber importado, le pregunté qué se podía hacer. Muy amablemente me dijo nada, escuché la palabra entre miles de palabras y cánticos que flotaban en Avellaneda, insistí un poquito y regresé con la familia. Intercambié algunas frases con Cristina y nuevamente me dirigí hacia el control, no tenía la menor idea que podía decirle esta vez, que parte del discurso podía cambiar, iba arrastrado por la pasión, tan ciego como cándido, nuevamente la negación, tenía la esperanza de que si acumulaba peticiones iba a destrabar la situación, sin embargo las reiteraciones observadas por uno de los policías de la Provincia de  Buenos Aires se volvieron en contra del objetivo.  Te dijeron que no, ándate, las palabras y la imagen del servidor público no admitían mucha discusión. Era evidente que había que cambiar de plan, si es que a los intentos anteriores lo pudiésemos llamar plan. Todavía no se como fuimos a parar a unas boleterías que quedan al costado de la cancha de Racing, a través de incómodos barrotes de hierro le pregunté al señor que atendía si nos podíamos asociar de manera express, de más está decir la respuesta. Luego de retirarme de la boletería quedé unos segundos inmóvil antes de volver a la carga, estaba muy lejos de resignarme. Casi por acto reflejo le pregunté a un señor que estaba cerca mío si sabía de alguna otra manera de ingresar que no fuera portando el carnet. Me señaló a un individuo, es de la barra brava, ese te puede hacer entrar, me dijo. Me acerque al hombre y le pregunté si podía hacernos entrar, ostentando un poder que no se correspondía con su escuálida figura me contestó: soy la barra, pibe. Su aspecto deteriorado me dio cierta desconfianza pero era lo único que teníamos, consulté con la familia aunque estaba decidido a darle los $600 que pedía, los principios, si es que alguna vez los tuve habían quedado sepultados, ni el sollozo de Malena me hizo cambiar de opinión, se había dejado de lado el inútil plan de las insistencias, sentí que estábamos en otro lugar, por esa misma razón empezamos a experimentar la sensación de peligro. Enseguida nos encontramos caminando por un pasaje angosto exageradamente pegado al estadio de Racing, muy desierto, contrastando con toda la multitud que había por los alrededores. Además de mi familia y el barra brava había otros dos hombres que iban a realizar la transacción clandestina, todos estábamos caminando por aquel pasaje, en ese momento lucía más estrecho de lo que marcaba la realidad, sentí mucho miedo, el pasaje Corbata se me hizo interminable, parecía que nunca llegaríamos a la curva que nos llevaría nuevamente a la avenida Alsina, casi al mismo punto donde habían comenzado mis insistencias. A esas alturas ya habíamos efectuado el pago. El barra brava nos indicó que esperásemos a un costado de las barandas. Nos dijo que iba a arreglar unos asuntos con la gente de control y en menos de 15’ estaba de regreso. Lo vimos perderse detrás del cerco absorbido por la masa que se dirigía al estadio, no faltaba mucho para el comienzo. 5’, 10’, 15’, 20’, no necesitamos mucho más tiempo de espera para tener la certeza de que el hombre no regresaría. Todo se vino abajo, en ese momento pensé que le tendría que haber dado el dinero una vez ingresados al estadio, no antes. Ya no tenía sentido lamentarse, una vez que se había tomado la decisión de ir a la cancha todo nuestro recorrido estuvo construido de impulsos que no se podían controlar. Pensar que en Villa Urquiza, antes de salir, le había dicho a la familia que si no entrábamos no pasaba nada, que simplemente disfrutáramos de la aventura de ir a Avellaneda. Mentiras!!! Era imposible reconocer algo positivo en ese momento. Existe un punto de quiebre en los caminos que se recorren, cuando lo pasamos no hay vuelta de hoja, restarle importancia a un posible fracaso sirvió solamente para emprender la partida hacia el sur de Buenos Aires, sólo para eso, no nos iba a dar lo mismo entrar que quedarnos afuera. Estábamos a punto de pegar la vuelta sin ver el partido en vivo y con $600 menos. Ni siquiera tenía ganas de mirarlo por TV, aunque por mi cabeza pasó un pensamiento bien estúpido, el de ver el partido en un bar o una pizzería de Avellaneda, con un poquito más de clima. Antes de replegarnos frente al enemigo de la no admisión, me llamó la atención un hombre que estaba recostado sobre una pared cercana a las barandas. Fumaba plácidamente con la suela de una de sus zapatillas apoyada en la pared. Pelo corto, oscuro y algo rizado, nariz afilada y boca pequeña, una barba apenas floreciendo en un rostro cetrino. Tenía puestos unos jeans y llevaba un rompe vientos blanco con el escudo de Independiente. Se lo veía muy sereno instalado en la pared, como si todas las tardes le dedicase unos minutos a disfrutar de la actividad. Gesto adusto, pocas palabras muy bien administradas que le daban un toque de sabiduría, no había nada de calidez en ese hombre, sin embargo me inspiraba confianza. Hablamos de dinero. Le dije $300 por los cuatro, la negativa fue rotunda. Me puedo estirar a $500, prácticamente era todo lo que tenía, si él aceptaba apenas nos quedaba para el viaje de regreso y algún tentempié. Aceptó. Le aclaré que el pago se concretaría una vez ingresados al estadio, me dijo que esa era su manera de trabajar. Las instrucciones fueron concretas, había que caminar detrás de él sin perderlo entre la multitud. Antes de emprender la carrera nos dio unas tarjetas plastificadas con el escudo de Independiente, eran anónimas, por la manera de pasar los controles me pareció que las tarjetas fueron innecesarias, el hombre era conocido por todos los revisores. Todo el trayecto hasta llegar al último control lo hicimos con paso apretado, esquivando gente. Habíamos pasado tres, los pasamos como agua, el cuarto y último control fue distinto. Los molinetes ya le daban un toque más de rigor. El hombre discutió fuertemente con el revisor, éste le reclamaba algo, estaba relacionado con una historia antigua que ellos tenían, estar en el medio me dio mala espina. Por suerte, finalmente nos dejó pasar de mala gana, una vez adentro nos fuimos hacia un costado  de la boca de acceso de la Popular Sur. Le entregué el dinero y las tarjetas, luego se marchó casi sin despedirse. Estábamos a punto de ingresar a la tribuna, ninguno de los cuatro podíamos creerlo. Nuevamente piel de gallina, nuevamente las caritas de asombro de mis compañeras de aventura, como en Constitución una hora atrás. Faltaba poco para el comienzo, si nos quedábamos cerca de la entrada íbamos a ver poco y nada. Después de haber pasado por tantos desencuentros trepar a lo alto de la tribuna atravesando humanidades nos resultó muy sencillo, casi un trámite. De repente miles de papelitos en el aire mientras el rojo, vestido de albirrojo a rayas esa tarde, estaba entrando al campo. Nuevamente piel de gallina y caritas. Empezó a rodar la pelota. La historia del partido es otra cosa. El rojo no pudo escaparse de la mediocridad por la que había estado transitando en sus últimas presentaciones. El casi desconocido Brown de Adrogué se impuso 2×1 dando el batacazo. Decir que el resultado adverso del partido nos importó poco sería faltar a la verdad, sin embargo decir que el resultado estuvo por encima de lo experimentado esa tarde resultaría una herejía. La recordamos como una de las tardes más maravillosas de nuestra estancia en Buenos Aires. Saliendo de la cancha nos comimos unos sanwichitos de miga, luego de llegar a Constitución nos subimos a un 60 con destino a la localidad de Martínez, cruzamos toda la ciudad agotados y felices, recién en el viaje nos dimos cuenta que era invierno, que esa tarde-noche estaba un poco fría, poco importaba. En la casa de César nos espera un delicioso y calentito plato de lentejas.

*El autor nació en Buenos Aires el 12 de julio de 1960. Su padre Ismael y su tío Santiago Medina (alias el negro) fueron las principales influencias en su pasión por el fútbol.  Desde los cinco años es hincha de Independiente.  Su máximo ídolo es Ricardo Bochini,  una gloria de los 70´s. Llegó a Ensenada en 1999 a trabajar en el CICESE luego de terminar un doctorado en Física en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se desempeña como profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias de la UABC.

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