Columnas

RELATOS DEL SUR

Por Claudio Valencia

Turdera

Turdera es una hermosa localidad del gran Buenos Aires, viajando en tren desde Plaza Constitución, la gran estación terminal, se tarda poco menos de una hora. Mucho verde, muy arbolada, inconfundible sensación de fin de semana. A unas cuadras de la estación se encontraba un centro de salud especializado en enfermedades mentales. En mil novecientos sesenta y seis solía pasear por los jardines de la clínica mientras mi madre tomaba unos mates con uno de los internos llamado Ismael, mi padre. Se instalaban en alguna de las mesas de mármol ubicadas entre caminitos de piedra, donde predominaban fragancias cítricas. En ocasiones también se sumaban algunos familiares. Martes, jueves y domingo eran los días de visita, mi madre nunca faltó, yo solamente cuando estuve enfermo. Mi corta edad me daba el suficiente oxígeno para no tomar nota de la gravedad de la situación, la mayoría de las veces disfrutaba de las visitas, las veía como paseos.  Me encantaba tomar el ochenta y cuatro a Constitución, sin saberlo disfrutaba de mi insignificancia cuando atravesaba la sala principal de la estación, sentirme tan diminuto ante semejante construcción me colocaba en modo cuento, me divertía viendo el tablero que anunciaba hora, plataforma y paradas del convoy comandado en aquellas épocas por una diesel.  Me gustaba el olor de la estación, los vidrios, el herraje, toda la maraña de vías que se cruzaban hacia el lado de Barracas, el sonido del silbato del guarda, el de la bocina de la diesel, más allá de que esta última me asustaba un poco.  Me gustaba ir del lado de la ventanilla y lo más cerca posible de la máquina, detestaba ir al revés, me encantaba tomar el rápido viendo las estaciones pasar raudamente en sentido contrario. Me fascinaba hacer transbordo en Temperley y tomar un trencito de punta inclinada que parecía de juguete, me gustaba bajarme en Turdera y caminar las cuadras tan verdes que nos separaban de la clínica. Que hermosa inconciencia la del sesenta y seis, año en la que un domingo jugaban Independiente (el rojo) y Estudiantes (el pincha). El fútbol ya se había instalado en mi corazón, seguía los partidos por radio y me sabía de memoria la formación de la mayoría de los equipos, ni hablar la del rojo. Ismael era hincha de Estudiantes. El pincha y el rojo, de muy buen rendimiento en aquellos días, eran acérrimos rivales de estilo, sin embargo Ismael no solamente vio con buenos ojos que me hiciera hincha de Independiente, sino que fue el principal mentor para que así sucediera, decía que era un admirador del fútbol que solía desplegar el rojo, me contaba historias heroicas de de la Mata y de Arsenio Erico, yo no entendía mucho pero me gustaba, me hablaba del saludo místico que tenía Independiente, el team se dirigía al centro del campo y cada integrante levantaba cuidadosamente ambos brazos, a diferencia de los otros equipos que dejaban en alto solo uno. No se porque me parecía tan maravilloso ese tipo de saludo, cuando lo vi en vivo por primera vez empecé a entender la importancia del gesto, era como si la palabra ritual se hubiese escapado de algún diccionario de Avellaneda dándome su definición exacta. Lo curioso es que esa forma de saludar era totalmente congruente con lo que se veía después en la cancha, “un fútbol exquisito” como solía decir Ismael. Recuerdo que aquel domingo estaba con mi spica escuchando el partido, la radio era un regalo de mi tío el negro, otra de mis influencias futbolísticas que también admiraba el juego del rojo. Me la pasaba caminando de un lado a otro por el amplio pasillo de entrada que tenía el centro de salud. Estaba nervioso, Independiente perdía por la mínima diferencia y de acuerdo al relato no daba la sensación de que fuera a empatar. Efectivamente así sucedió, el relator de radio Rivadavia confirmó el uno a cero final. A continuación, empecé a experimentar una mezcla de sensaciones, si bien no eran totalmente extrañas sabía que no iba a poder con ellas; el fútbol, Independiente, Estudiantes, mi tío el negro, Ismael, su internación, su ausencia, todo era un revoltijo en mi cabeza. ¡Que desperdicio esas dos hileras de ligustrinas tan hermosas y tan indiferentes en ese momento! Rabia, impotencia y angustia, luego la descarga de una de las peores visitas a Turdera, por fin apareció el llanto desconsolado, el alivio. Seguimos yendo a la clínica un par de meses más, hasta que le dieron el alta a Ismael. Regresó un viernes, siempre me gustaron los viernes, mucho más ese. Llegó a casa acompañado de mi tío Abel, justo un hincha de Racing, mi alegría fue enorme cuando los vi entrar, al mismo tiempo lamenté que los paseos a Turdera  acababan de terminarse.

*El autor nació en Buenos Aires el 12 de julio de 1960. Su padre Ismael y su tío Santiago Medina (alias el negro) fueron las principales influencias en su pasión por el fútbol.  Desde los cinco años es hincha de Independiente.  Su máximo ídolo es Ricardo Bochini,  una gloria de los 70´s. 

Llegó a Ensenada en 1999 a trabajar en el CICESE luego de terminar un doctorado en Física en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se desempeña como profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias de la UABC.

 

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Somos un sitio web especializado en deportes, llevamos hasta tus dispositivos información oportuna, verídica y de interés general. Como Agencia contamos cobertura fotográfica y escrita de alta calidad. Nuestras plataformas son AGP Deportes, AGP TV, AGP Net Screen, Agencia AGP.

Copyright © 2017 todos los derechos reservados para AGP Media México, powered by Wordpress VIP.Themetf

To Top