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Por Fernando Ribeiro Cham

Aquel mundial

Reviso uno de los cajones de un mueble en mi habitación. Tratando de encontrar mi pasaporte me topo con una fotografía que me trae buenos recuerdos. Todos, sonrientes, ciertamente cansados, pero satisfechos por el evento que recién concluyó. En el centro el jefe y a su lado los encargados de cada una de las áreas especializadas y ejecutores de aquel evento que puso a la coqueta ciudad fronteriza, en los ojos del deporte mundial.

El INDE fue para mí una escuela de enseñanza única. Rodearte de personas que han sido actores principales del desarrollo deportivo de Baja California fue un privilegio, especialmente para un chamaco de 17 años.

Eventos nacionales, las asociaciones deportivas y sus personajes tan distintos, ser testigo del crecimiento en infraestructura especializada, tener la oportunidad de conocer a profesionales de distintas partes del mundo, todo, todo eso te forma, pero sin duda hubo un momento en el que sentí que todos mis conocimientos se pusieron a prueba y alcanzamos el mayor grado de exigencia organizacional, el campeonato mundial juvenil de tae kwon do.

Hacer un campeonato mundial del deporte que sea requiere de una cohesión grupal enorme. El primer paso es ganar la sede, “vender” la propuesta de que tu ciudad es la mejor candidata del orbe para poder recibir a los distinguidos visitantes y hay que decirle, la ciudad fronteriza pasaba por complicaciones mayúsculas.

Una vez que las gestiones se logran (el maestro Saúl Castro es sin duda un gestor de alto nivel), “conocimos el monstruo” porque en palabras de José Martí, “vivimos en sus entrañas”.

Más de 100 países. Más de 1,500 participantes. Católicos, cristianos, musulmanes, budistas, no creyentes. Los que rezaban 3 veces por día y necesitaban sus “tapetes” especiales. Las mujeres que no dejaban al descubierto algo más allá que sus ojos. Un reto multicultural, racial, deportivo.

Tener los himnos y las banderas de países que uno no recuerda de sus clases de geografía. Cuidar los protocolos de saludo. Para ser honesto, ha sido el evento de mayor exigencia en el que he participado y también el de mayor satisfacción.

Recuerdo incluso aquel percance con la comitiva coreana y algunos elementos de seguridad. El estrés que hay en esos momentos llega a niveles pico, pero cuando hay un líder como Saúl y un equipo que trabajaba 14, 16 y hasta 18 horas durante varios días, entiendes que todo es por un bien superior.

Un evento de esa magnitud te deja muchas enseñanzas, por ejemplo aquello muy cierto de que “el Diablo vive en los detalles”. También entiendes que solo el compromiso real con una causa puede ejecutar tareas mayores.

Una vez arrancado el evento, una vez que la primera patada fue lanzada, lo hecho, hecho está.

Miro de nuevo la foto mientras imagino lo que es ser parte de un equipo organizador de unos Panamericanos, de una Universiada Mundial, de unos Olímpicos.

Los deportistas compiten, ganan o pierden, ríen o lloran y el púbico los acompaña, mientras atrás de ello hay todo un esfuerzo, un equipo, un trabajo tras bambalinas que quienes lo conocen, saben apreciarlo, disfrutarlo y recordarlo con una sonrisa de satisfacción.

*El autor es Licenciado en Actividad Física y Deporte por la UABC. Fue responsable de deporte asociado en el Instituto del Deporte de Baja California. En la actualidad encabeza la coordinación de eduación física en el Sistema Educativo Estatal. También preside el consejo directivo del Salón de la Fama del Deporte de Ensenada.

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