Por: Marco Antonio Domínguez Niebla

Periodistas y locutores (Contra el recuerdo)

Las gradas a tope: “ocupadas a su máxima capacidad”, dirían las crónicas de los diarios al otro día. La afición vuelta loca, agregarían además las reseñas del acontecimiento. No jugaban las estrellas del softbol de la época, jugaban los periodistas contra los locutores en un escenario inmejorable, aderezarían los responsables de los textos publicados en la prensa local horas más tarde, después del choque estelar de la jornada: “el histórico deportivo Antonio Palacios”. Pura personalidad de un lado y del otro. Todos conocidos por ese público que tomaba partido hacia cualquiera de los bandos. Algunos afines a los “tundeteclas”, según anunciaban los spots transmitidos por la radio para promocionar el gran choque. Otros desbordados en apoyo a los ídolos del micrófono. Fueron dos horas inolvidables para quienes estuvieron ahí. Los hombres que informaban desde el papel y la tinta contra los que también informaban y además divertían a través de la palabra y la presentación de los éxitos musicales del momento. La calidad de los contendientes no era ni remotamente la mínima requerida para la segunda fuerza de la liga más modesta del municipio menos softbolero de cualquier lado. Era lo de menos. La afición había ido a divertirse y el fin estaba más que cumplido. Las voces reconocidas cuando el sonido local anunciaba al bateador en turno, el misterio revelado, el rostro real descubierto para sustituir al rostro creado desde la imaginación del radioescucha convertido en aficionado al softbol sólo durante esa tarde de domingo. Los autores de la nota política o la deportiva o la policiaca también salidos de la penumbra para ser reconocidos sobre el terreno de juego de ese campo deportivo abarrotado por un público enfervorizado, soliviantado ante cada acción de los comunicadores representantes de ambos bandos, ya fueran lances dignos de ovación o deslices dignos de carcajada, humorismo voluntario a final de cuentas, para lograr con creces la misión de divertir. Tarde de domingo familiar por unos cuantos pesos.  El paso del tiempo colocó aquellos encuentros en calidad de leyenda. Todo era tan distinto hace treinta años. Entonces los locutores eran personalidades y los periodistas eran representados por periodistas y no por comediantes o empleados de gobierno o líderes golfos (por ser llegados del golfo, claro está). Todo era tan distinto por aquellos años: las tribunas lucían cubiertas por gente que admiraba a los integrantes de ambas escuadras y no por personal sindicalizado gentilmente invitado a presentarse obligatoriamente, o socios hechos socios por obra y gracia de ser amigos de alguno de los socios, todos viendo las acciones en petit comité. Y a veces pienso que sí, que algunos recuerdos deben quedar en eso, y que en ciertos casos, como éste, todo tiempo pasado fue mejor.