LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Gratis y caro
Por la radio sonaban las primeras voces demagógicas. “Nadie debe pagar por entrar a las unidades deportivas”. La sentencia era lanzada por diputados y abordada por madreadores profesionales, oportunistas desterrados de la nómina gubernamental con micrófono a disposición. Como toda medida populista en tiempo de elecciones, la iniciativa se convirtió en una especie de ley retorcida, amañada, y no faltó quien la tomara como bandera, como lema de campaña. “Todos gratis… si el voto nos favorece, nadie pagará por hacer uso de las unidades deportivas públicas”. El principal impulsor de la promesa de campaña se encontró con un gran problema: jamás imaginó que ganaría. Y de repente, alcalde electo por aplastante diferencia. Ya triunfador, la promesa reiterada. “Ya lo dije, nadie pagará por hacer deporte en las unidades deportivas que administre el ayuntamiento”. Lo repetía una y otra vez con ese tono autoritario heredado por sus antecesores y contemporáneos, los políticos de la vieja guardia, los que ganaban en automático y decidían en caliente, sin que cualquiera se atreviera a contradecirlos. “Pero su próxima directora del deporte dice que esa medida tiene que evaluarse, que no pueden deshacerse del ingreso generado por la cooperación de ingreso a las unidades deportivas públicas porque ese recurso es utilizado precisamente para darles mantenimiento”. La respuesta simplemente anticipaba la línea del señor alcalde electo: “Pues el que manda soy yo, y yo digo que no se cobra”. Y al principio así fue, no se cobró. Poco después, que siempre no, que sí hay que cobrar, pero que no será obligatorio, será cooperación voluntaria sólo para dar mantenimiento a las unidades. Al rato las palabras llevados por los vientos de la campaña, de la elección ganada: reversa, todo igual que siempre, el que puede paga y el que no no. Una revolcada, maquillaje a la realidad y el descontrol: tres pesos para la mayoría, diez para algunos otros, o quince y veinte para los que vayan a los campos con pasto. Material invaluable para demostrar la incapacidad, la falta de objetivos concretos, el nuevo fracaso trienal. Discursos y letras demagógicas que a fuerza de repetirse se convierten en obligación, en ley no escrita. Y ahora nadie quiere dar aquellos tres pesos que todos daban voluntariamente, sin renegar, antes de que los de ahora, caídos redonditos en la trampa, cedieran al chantaje populista de los madreadores profesionales, incluido aquel señor alcalde electo, ahora en funciones.




