Canelo GGG






Por Marco Antonio Domínguez Niebla

El sábado de Canelo-GGG III

Llegaba el momento de sufrir por otro deporte (porque en el deporte, como en todas las cosas donde está involucrado el corazón, si de alguna manera no se sufre, tampoco se goza). El boxeo, entonces, se había instalado junto al futbol y al beisbol en esa escala. Aquellas semanas fueron tensas. Jamás sabré explicarme por qué, pero quería que Sal pudiera callarle la boca, una boca grande que disparaba sandeces y agresiones como ametralladora, al boricua devorador de mexicanos: Wilfredo Gómez, el temible noqueador que un sábado de agosto, 1981, subiría como favorito al ring montado en el Caesar’s Palace de Las Vegas. En todos los programas deportivos y noticieros de televisión, en los periódicos de la época, era el tema, no se hablaba de otra cosa, el poderío en la pegada de Wilfredo o los recursos de Sal. Una de dos. Y todos estábamos seguros (y lo comprobamos al final) que no había en la escena nada más que dos profesionales deseosos de demostrar quién era el mejor, y que para hacerlo, no dejarían de lanzar golpes, cada quien a su forma y estilo, uno para demostrar con su boxeo la superioridad que vociferó previo al encuentro, y el otro para demostrar con su boxeo, ese boxeo de piernas incansables y de pegada implacable y certera, que lo mejor siempre será hablar dentro del encordado y después de sonado el primer campanazo. La paliza fue tal que el rostro de Wilfredo terminó deformado durante ocho asaltos de castigo brutal, mientras trataba, sin éxito, que alguno de sus bombazos, dañara al orgullo de Santiago Tianguistenco, como lo llamaban en su crónica los encargados de hacer más épico aquello: Toño Andere y Sony Alarcón. Fue una de las tardes de sábado más felices de mis 9 años. Había ganado mi héroe. Luego me pasó algo similar (aunque no en la dimensión de lo de Sal), cuando lo de Julio con Rosario y el Macho, Márquez con Pacquiao o el Terrible con Barrera, boxeadores que no necesitaban reclamar la aprobación popular ni llamaban “haters” a quienes cuestionaban sus debilidades. El más reciente de mis sábados, por cierto, también fui feliz: América le ganó el clásico a las Chivas y, tras apagar el televisor, me fui al concierto de Molotov, la gran banda mexicana que anduvo por Ensenada.







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