Apuntes perdidos






Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Tonos y desentonos. La imagen no desentona. La camisa y el pantalón perfectamente combinados en los tonos de moda. Los zapatos impecables, como recién lustrados o recién adquiridos. Y el peinado perfecto, ni un pelo fuera de lugar. La tendencia impuesta desde diciembre entre todos los ocupantes de la camioneta blanca que transporta al alcalde, es cumplida a cabalidad por ese chico que lo atiende celosamente. Sólo que, como buen secretario particular, bien le vendría una agenda que redondee el atuendo, combine o no combine , para que recuerde las solicitudes de entrevista apuntadas en esas hojas mal dobladas que ha metido quién sabe dónde quién sabe cuántas veces. Eso no le va, desentona entre tanta elegancia, tanto glamour.

Pelear y comer. Son tantos los sacrificios y tan pocos los años para llegar a ser alguien, o cuando menos intentarlo. Primero, la carrera hasta la báscula para terminar con la agonía de las verduras y todo a la plancha, a veces masticado y luego escupido, y partiéndose la cara arriba del ring frente a los sinodales en las largas sesiones frente a las cuerdas, entre peras y costales. Apenas presentados los kilos con los gramos pactados para la siguiente pelea que aliviará a la economía familiar cuando menos por un rato, es momento de correr para encontrar el desquite y recuperar lo perdido, a masticar sin escupir y sobre todo a saborear, por fin. Y si la pelea es fuera, a rogar por un hotel cuando menos salubre, o a correr tras el que paga para que cumpla con un alimento cuando menos suficiente que recompense el viacrucis de la víspera. Pero el verdadero desafío inicia hasta la noche de la pelea. Eso de ganar o perder a veces es tan irrelevante para la mayoría. Sólo hay que combatir y hacerlo con dignidad, con el mínimo decoro para ganar una nueva oportunidad de ser incluidos en cualquier cartelera, cualquier noche de boxeo donde quiera que sea. Esa, al final, es su verdadera victoria.

En una redacción. Lo recuerdo como una especie de burócrata del periodismo, de esos que dejan la libreta, la grabadora y la pluma por la comodidad de una oficina. Algunos le llaman ser jefe y otros optamos por el término de reportero jubilado o corrector de lo que escriben los demás; uno más de quienes todo lo remiten al pasado vanagloriándose de su nueva posición, como si el conformismo fuera motivo de orgullo. Y en realidad, este caso resultaba un desperdicio de condiciones, porque se trataba de un periodista con el talento suficientemente cimentado por las lecturas y la preparación académica para destacar sobre los demás; pero, igualmente, contaba con el conformismo suficientemente ensanchado para confinarse a ser uno más entre el resto como un simple relator de anécdotas fantásticas creadas desde su imaginación y contadas a modo de hazaña. Sentado dentro de su oficina tan amplia como triste, siempre envuelta en una atmósfera de nostalgia, sentenciaba su propio destino desde el envanecimiento que le daba el puesto: «la puerta de salida es la única que le queda por abrir al director de una empresa». Pero, por esos caprichos del destino y para agregar un capítulo más en su historial de lamentos, tuvo un desenlace aún más doloroso: el de la degradación, la confirmación de lo que pudo ser y nunca fue.