Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Las sonrisas de Xavier

Cuando llegó todos callamos. La impresión de ver de cerca a un autor de su talla, nos puso pudorosos. Se sentó mirando a los pocos más de diez asistentes y sonrió cuando los rostros impresionados siguieron sin expulsar palabra. ¿Qué hacemos?, preguntó, sonriendo, mientras cruzaba la pierna y dejaba asomar sus calcetines amarillos con pequeñas franjas multicolores, cubiertas por una especie de tenis-alpargatas más que blancas percudidas de tantas puestas. Pues es una convivencia, pueden platicar, darle sus libros para que se los firme, tomarse fotos…, dijo el dueño de la pequeña “librería de viejo” que organizó la convivencia en Tijuana. Una mujer, presurosa, le entregó todos sus libros con “post its” que señalaban a quién debía ir destinada cada dedicatoria. El hecho le causó gracia y finalizó relativamente rápido la tarea. Después, repitió la operación con una chica que llevaba tres de los seis libros que ha publicado. Luego, otra vez el silencio, la tensión. No se preocupen, ahorita entramos en confianza, siempre llegamos así, “mordiendo rebozo”, dijo, en tono de broma, sonriendo. Entonces aproveché: me enteré que estarías aquí y vengo desde Ensenada, no traigo ninguna de tus novelas ni he leído la última, pero ¿puedo hacerte algunas preguntas y grabarlas? Pues ya las estás haciendo, respondió con su sonrisa y su mirada desorbitada, permanentes ambas. Empecé por mencionarle la serie de columnas especializadas en Tenis que publica en Milenio cuando viaja a los Grand Slams y de inmediato interrumpió, sonriente, adivinando el personaje que estaba por referirle: ya sé por dónde vas. Sí, respondí, a ese adolescente que se llama Xavier y que se apellida Velasco igual que tú (protagonista de la novela “La edad de la punzada”) ¿también le gustaba el Tenis?, y si es así, ¿qué significado tiene para él y para ti el nombre de Raúl Ramírez? Pues sí, cuando leas la novela vas a encontrar al Tenis y a Raúl, y cómo no, él fue uno de mis ídolos, yo lo vi vencer a Jimmy Connors, pero tengo la teoría de que el matrimonio no le sentó bien a su carrera, aunque, claro, si yo me ligo a la Miss Universo, tampoco me importaría mi carrera, comentó, sonriendo nuevamente. La charla se extendió por 15 minutos y hablamos de todo lo que siempre había querido hablar con él: tenis, literatura, periodismo, sus ídolos literarios, sus ídolos en el tenis, sus ídolos en la música (Bowie, principalmente), sus novelas, su familia. Hablen más fuerte para oír, dijo uno de los asistentes en plena conversación. Esa fue la señal de que la entrevista tenía que terminar. 15 minutos exactamente, al término de los cuales le agradecí la generosidad, la amplitud de sus respuestas, antes de acomodarme para la convivencia ante las ya en ese momento 20 personas que lo esperaban para charlar. En eso, detrás de mí, una chica, “representante de una revista cultural de Tijuana”, se presentó: “mucho gusto”, e inició una entrevista apenas finalizada la mía. Xavier Velasco sólo respondió a dos de sus preguntas y dio por terminada la charla: “mira, aquí vine a convivir, ve a la Feria del Libro más tarde y con gusto platicamos de lo que quieras, es que si me entrevistas aquí, me parece una falta de respeto a la gente que vino a verme”. En eso, volteó de reojo a verme y me tocó el hombro, nuevamente sonriendo: “ya ves, condenado, pusiste el desorden, supiste cómo llegarme: por el Tenis”. Y yo, halagado por salirme con la mía y por sentirlo tan cómodo hablando de los temas que le entusiasman, correspondí a la sonrisa cómplice del célebre autor de “Diablo Guardián”.