LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Periodistas de un día
Palabras suficientes para contar todas las historias que se me crucen en el camino o para informar a diario las noticias que encuentre a mi paso. Ilusión de ser el primero en llegar para decir antes que nadie lo que vale la pena decirse. Adjetivos necesarios para calificar a los héroes que enaltecen al deporte de manera cotidiana sin pausa ni descanso, o para descalificar a los gandallas que se sirven del mismo, que viven de él, que lo envilecen. Creatividad a la hora de sentarme frente a este teclado cada noche en vela, cada madrugada de trabajo y transpiración, o cada mañana de inspiración tras darle un beso a ella, como despedida a las puertas de la escuela, ese único motivo que logra sacarme de la cama a las siete de la madrugada. Dignidad para no hincarme ante cualquiera sólo porque tenga más dinero o más poder o cierta autoridad capaz de marearle las dos o tres neuronas que aún deambulan moribundas en su cabeza, o para escribir lo que se me dé la gana sin obedecer a algún patrón sin la testosterona mínima que me invita a ser “respetuoso” o “a bajarle de tono”. Congruencia para seguir en lo mío, para no claudicar ni buscar la salida fácil, para no apelar al elogio tramposo a cambio de un sueldo seguro, de una chamba conseguida ofertando el valor del nombre y el apellido. Ética para no ser hacer fama de gorrón o muerto de hambre como tantos que andan buscando desayunos o comidas, o de aviadores dobleteando o tripleteando empleos, cobrando aquí y allá a diputados, líderes sindicales, empresarios, presidentes de partidos políticos, alcaldes o gobernadores. Independencia para no pertenecer a asociaciones de periodistas donde lo que menos hay son periodistas, o cuando menos periodistas que digan las cosas escritas o habladas en un medio de comunicación y no disfrazados cada año sobre un escenario para no poner en riesgo los beneficios que les otorga su habilidad de ejercer el oficio más antiguo del mundo. Capacidad de aprendizaje para tomar lo mejor de cada gran contador de historias, cada colega que honra al gremio con su pasión para desempeñar el oficio. Sólo eso pido, sin importar qué día sea. Incluso 7 de junio, esa fecha en la que los que no tienen nada que hacer aprovechan para juntarse a desayunar y repetir discursos retóricos y huecos sintiéndose periodistas de libre expresión cuando menos una vez al año.



