LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Disculpe usted, ¿está el señor?
Justo eran las once y veinte cuando crucé como todos los días, de lunes a viernes, por la calle sexta y Floresta. Sólo que en esta ocasión mi andar era lento, contando los pasos, y no apresurado como suele suceder en mis trayectos cotidianos. Salí demasiado temprano de casa. Faltaba, en ese momento, más de media hora para las doce del día. Demasiado pronto para presentarme a las puertas de la escuela. Así que pensé en llegar a buscar al señor que atiende en esa esquina.Recordé su afición al beisbol. En especial a los Yaquis de Ciudad Obregón, equipo al que, según me contó alguna vez, sigue desde sus tiempos estudiantiles, de formación académica. También recordé la nota que había leído unos días antes: aun cuando todavía falta un buen rato para el inicio de la temporada del pacífico invernal, los bi campeones Yaquis ya empezaron a armarse ante el anuncio de que el manager Eddie Díaz no volverá más para el próximo torneo. Para no desentonar en busca del tri campeonato, la directiva obregonense presentó, desde ya, a Matías Carrillo, el legendario “Coyote” de tan buenas cuentas durante el verano con sus campeones Tigres y durante el invierno con sus sub campeones Cañeros. Tema lo suficientemente rico para repetir alguna sabrosa charla de beisbol como las que he sostenido con el caballero que trabaja en ese lugar por donde habitualmente corto camino para llegar puntual a escuchar el timbre que antecede la estampida de chamacos entre quienes tengo que detectarla a ella, esa chiquilla de tercer año cuya sonrisa de bienvenida me ilumina los mediodías. Ya casi por ingresar al lugar, con más de media hora para charlar de beisbol con alguien que sí sabe sobre el tema, fui anticipado por varias personas a las que veo todos los días a esa misma hora cuando paso por ahí, seguramente buscándolo a él. Sentí cierto pudor, así que apenas alcancé a asomarme para no interrumpir el ritual de quienes ingresaban en ese momento al recinto. Como no lo encontré a primera vista, decidí salir. Tampoco me atreví a preguntar: disculpe usted, no soy ni católico ni apostólico ni romano, más bien agnóstico, y como paso por aquí todos los días pero nomás de carrerita, podría decirme ¿a qué hora se desocupa el señor obispo?, es que quiero platicar con él de beisbol. Sentí más conveniente continuar mi camino a paso lento hasta completar las dos cuadras y media que me faltaban por llegar a mi destino. Ya habrá otra oportunidad de preguntarle a Don Sigifredo cómo ve a sus Yaquis.



