LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Pá
Lo vi como siempre: recostado de lado sobre su cama, leyendo, el televisor encendido e ignorado, y un whisky en la mano con dos hielos chocando juguetones dentro del vaso.
Fue como si el tiempo no hubiera pasado.
Veintidós años y él igualito.
De pronto me vi casi de su edad y enmudecí.
Él no, él inició la charla como siempre, con la misma soltura, el mismo aplomo.
–Este América no da una, ¿desde que me fui dos campeonatos? –me dijo, como para romper el hielo después de no vernos por tanto tiempo.
–Sí, le echaste la sal– respondí sonriéndole por primera vez, aún desconcertado–. Puras penas. Por eso mejor me he vuelto aficionado al futbol sin ver colores.
–Ya veo –dijo, y luego dirigió su mirada a un retrato–. Es tu misma cara. Igualito a ti, la misma sonrisa chueca, nada más le falta el balón y tirarse frente a la tele viendo el futbol.
–Es Marco Iván, tu nieto. Pero a él el futbol nomás no, dice que no le gusta ensuciarse. Él no se sueña en un estadio lleno festejando un gol, como yo a su edad. Él se sueña montado en un caballo rescatando a una princesa, o cambiándole el final a un cuento.
– Salió artista, entonces.
–Sí, abueleó –le dije, con toda la intención de ver su reacción orgullosa.
– ¿Y la chiquilla?—preguntó con un brillo en la mirada.
–Es Anael, tu nieta. Es tan parecida a ti: buena conversadora, de mente ágil, una ametralladora en cualquier mano a mano dialéctico. Como hecha a tu medida. Quiere ser gimnasta, ciclista, nadadora. Y si se puede, comerse el mundo. Sólo hay un problema: es chiva de hueso colorado.
–Ése no es problema. Tú le fuiste al América por convicción, no por imposición –dijo, viendo las dos fotografías con lágrimas en los ojos, tratando de contener la emoción.
De pronto se paró y me abrazó. Besó mi mejilla y yo correspondí.
–Estoy al pendiente de ti, de tu madre y tus hermanos. Bien que conozco esos dos chiquillos que me acabas de describir, igual que al resto de mis nietos.
–¿Por qué te paras? Sigue ahí. Estás en tu casa. No me digas que te vas tan rápido. ¿No los esperas a ellos?
–No, sólo vine porque tú querías verme. Ellos también, a su manera, saben cuándo y cómo encontrarme.
–Espera, pá –le grité, con temor de que partiera así, con la misma inmediatez que apareció–, quiero saber qué leías.
–No leía, hojeaba algunos de mis libros. Escucha esta frase, es de “El Amor en los Tiempos del Cólera” de García Márquez: “Un hombre sabe cuándo empieza a envejecer porque empieza a parecerse a su padre” –me dijo, con una sonrisa socarrona, y chueca por supuesto–. ¿Te gusta?
Entonces abrí los ojos, desperté recostado de lado sobre mi cama, con el libro que leía junto a mí, el televisor encendido e ignorado, un whisky en la mano con dos hielos derretidos después de juguetear dentro del vaso, y una sonrisa chueca como respuesta.



