Por Marco Antonio Domínguez Niebla

¿Y el olímpico?

Cuentan, traumados como quedaron, muchas cosas de él.

Cuentan, mentirosos, que le está yendo muy mal, que no ve la suya, que desde que lo despidieron ha sufrido y su vida no tiene rumbo ni sentido, que desde que salió de ahí su carrera se ha venido abajo y ha caído en el desprestigio, un huérfano del sacrosanto gremio.

Cuentan, zalameros y adulones como tienen que ser para validar el intercambio entre trabajo y dignidad, que es un malagradecido que muerde la mano que le dio de comer –como si lo que le pagaron por su trabajo no hubiera sido ganado en base a su esfuerzo, al sudor de su frente–, y no como ellos que escriben pensando en lo que le guste al señor que les paga para que los siga soportando en la nómina más por compasión que por resultados, es decir, trabajan ejerciendo (ya como consumados especialistas) el noble oficio de lamer lo que encuentren de la cintura para abajo.

Cuentan, timoratos, que desde que él se fue las cosas están mejor, más relajadas, que ya no hay reclamos ni conflictos, discusiones ni enfrentamientos, en resumen, cuentan que hicieron un movimiento maestro al deshacerse de la manzana podrida antes de que les contagiara y les echara a perder ese tan saludable ambiente laboral que hoy se respira.

Cuentan, obsesionados, que ya nadie lo lee, que no tiene influencia porque no escribe en un medio “importante” y que deambula extrañando estar ahí en las oficinas donde ahora deambulan ellos: los señores de retinas reventadas, ojeras negruzcas, quejumbrosos monotemáticos de ojos irritados que chillan incapaces de tomar decisiones en esas juntas donde compiten entre ellos a ver quién miente mejor.

Cuentan y cuentan tantas cosas de quien ya se fue, de quien ya no está ahí ni quiere estarlo porque ellos mismos le hicieron el favor de despedirlo concediéndole así el honor de tenerlo como referencia de todo lo malo, lo rebelde, lo provocador, lo irreverente y todos esos adjetivos que lo engrandecen a la distancia.

Lo que no cuentan, porque están distraídos, es lo que tendrían que contar.

Dan las doce.

La edición digital de ese diario ha sido actualizada.

Aquel de quien cuentan tantas cosas, aquel que les decía en su cara que tomaran en cuenta a los deportistas de la ciudad, que contaran las historias de éxito de su gente, disfruta viendo los titulares de ese pobre periódico en el que ninguna de sus portadas narra la hazaña del nadador que va a Juegos Olímpicos.

Ni la general. Ni la de deportes.

Para leer la nota, duplicada por cierto, hay que esculcar en interiores, no como en la página electrónica del reportero que ya se fue, ese del que cuentan tantas cosas, donde aparece, desde el momento mismo en el que se generó la noticia, toda la historia del gran nadador de la ciudad.