LA COLUMNA

Aprendiendo con don Agustín
La euforia puede escucharse. Y se escucha a varias cuadras de distancia. Unos metros más, ya dentro del campo, encuentro que el escándalo es justificado. Los de casa ganan 11-2 en la sexta entrada después de un jonrón con las bases llenas. Apenas alcanzo a ver la pizarra porque por primera vez en lo que va de la temporada no hay lugares disponibles en las gradas centrales. El chico que distribuye los asientos me pide mi boleto y cuando le digo que soy de prensa me sugiere muy amablemente que busque hasta arriba a ver si encuentro alguno. Ya ni berrinche hago, mucho menos espero que a estas alturas la directiva del equipo se preocupe por ubicar cuando menos dos asientos reservados para la prensa. Pienso positivo: antes esto era toda la temporada, porque antes se llenaba todos los días de temporada, no como ahora que nada más se llena en la final aunque cada boleto cueste cien pesos. Al fondo de la grada, hasta arriba, hay un solo lugar. Subo y para mi buena suerte coincido con don Agustín. Lo saludo con el gusto que saludo siempre a la gente de la que puedo aprender. La euforia de la afición que acude tal vez por primera vez a ver un juego de beisbol, o que asiste más a divertirse con lo que hay alrededor del beisbol que con el beisbol mismo, contrasta con la seriedad de don Agustín. “Qué bajo está el nivel de la liga”, me dice y luego exclama: “¡mira nada más!” cuando la fiesta de batazos está en su apogeo ante el vulnerable pitcheo visitante. Justo en esa entrada, el cierre de la séptima, la pizarra se ha ampliado, ya no es 11-2, ya es 14-2. Como siempre que me encuentro con gente que sabe, prefiero escuchar que hablar. Y si abro la boca es sólo para preguntar: “los equipos de 2007 y 2008, aunque no fueron campeones, eran mucho mejores que éste, que de seguro va a ganar la final, ¿no cree?”. «¡Sí, cómo no!», responde de inmediato. Como yo fui varias veces durante la temporada y siempre vi el campo casi vacío, la entrada en el primer juego de la final me parece excelente. Pero don Agustín, que recién me ha dicho que es al primer juego al que asiste en toda la temporada, no coincide con mi punto de vista, seguramente porque recuerda los llenos diarios que se veían en ese lugar cuando su hijo jugaba en el equipo de casa: “mira, qué tristeza, una final y qué poca gente”. Volteo, veo y recuerdo. Don Agustín tiene razón, pienso. Durante las dos siguientes entradas, las últimas, el juego ya no nos interesa. Él prefiere hablarme de beisbol, de sus experiencias, de los jugadores que él formó, de la trayectoria de Agustín, su hijo. Yo prefiero escucharlo con atención. La afición se encuentra eufórica. El juego termina. Gritos, júbilo. Yo lamento que el juego haya acabado. No por el juego mismo. Sí por la plática. Nos despedimos. “Nos vemos, don Agustín, fue un gusto”. “Nos vemos, Marco”, me dice el señor que le enseñó a jugar beisbol a “Campita”, su hijo, uno de los jugadores legendarios en la historia del equipo de casa.




