Por Marco Antonio Domínguez Niebla

De primera mano

La camisa que le correspondía no era la naranja, era la verde. Pero la verde le quedó grande y tuvo que tomar la naranja, que no era la que estaba destinada para él sino para su dirigido, quien no podría asistir al evento debido a la magnitud del desafío que enfrentaría un día más tarde. Lo meditó y lo consultó. No hubo problema: “Vete tú”. Visto bueno de quien tuvo que quedarse a ver la ceremonia por televisión desde esa recámara en la que ambos afianzan aún más su complicidad. Pero ese era apenas el primer paso. La oportunidad imperdible, otro más de los sueños de toda una vida, jugado a la suerte. Nueva dosis de nervios, ya tan comunes y controlables para él por estos días. Sólo diecisiete lugares disponibles  entre los de pantalón largo. Así que, sin dudar, entró a la competencia (una más, como si la que estaba por disputarse no fuera suficiente). Y la suerte le sonrió. Tras el sorteo, ya era uno de los diecisiete tocados por la fortuna. Buen augurio para lo que vendría un día después. Entre tantos colores encontró la camisa naranja de su dirigido y rechazó la verde que le nadaba. A escena. Espectáculo, inauguración. La piel erizada, la mirada húmeda, el corazón a mil, uno en millones, los ojos del mundo depositados ahí en ese lugar por el que se encontró caminando detrás de la bandera nacional. El cúmulo de emociones de acuerdo a la dimensión de la travesía. Apenas horas después, a dos metros, en persona, esa imagen tan vista en películas, noticieros, documentales: la Reina de Inglaterra paseando a unos pasos de distancia, mientras ellos comían. Y  después los cuatro años de esfuerzo puestos a prueba en un par de instantes. El primero tal como se esperaba. Clasificación. Final. Luego las dos distracciones que ahogaron el segundo festejo. Tiempo de esperar. Más de una semana de pausa para la última cita. Medalla, única palabra que pasea por la mente de ambos. Domingo de descanso y lunes de regreso al trabajo. Por unas horas, la presión de lado. Él a distraerse con un grupo de amigos hechos en la brega, y su dirigido a celebrar con la familia. El reportero ha tomado nota y tiene lista su columna. Esta tratará sobre la llamada recibida desde Londres el sábado por la tarde. Despedida. Suerte. Saludos. Del otro lado de línea recién ha colgado Óscar, el entrenador de Daniel Corral, el gimnasta. Prometió reportarse el martes 7. El reportero tendrá el teléfono a la mano. Hay tiempo, más de una semana para la final olímpica.