LA COLUMNA


Historias conocidas
El viejo deportivo Antonio Palacios convertido en ring de boxeo. Gallitos de pelea vestidos de beisbolistas. Agarrados los anfitriones contra los visitantes. En el legendario campo de beisbol, los rojos contra los otros. Empujones, puntapiés, puñetazos, desafíos, bravatas. Los managers metidos en el ojo del huracán. Los peloteros, compañeros de tantas jornadas, incluso defendiendo los mismos colores, ahora desconocidos y agresivos todos contra todos. El vaso rebosado por una provocación y entonces la batalla campal. Tranquilos y broncudos igualados a la hora de mentar madres, de regresar el empujón, el corte de manga. Pasiones desbordadas, afrentas al orgullo, reproches a quien ha violado los códigos no escritos dentro del terreno de juego. Y ya en la bola el descontón o la patada. La mejor entrada del último año para ver tal espectáculo. Simple cuestión de tiempo. Bomba activada a lo largo de una semana. Declaraciones cruzadas. Directivos contra directivos y al rato jugadores contra jugadores. Protestas en espera. Resoluciones tardías, demoradas. De un lado, las expresiones tronantes. Del otro, la prudencia, las justificaciones. Afectados contra beneficiados. Como en toda disputa, dos versiones del mismo hecho. Provocadores y provocados. Ambos se deslindan del primer término. Ambos se adjudican el segundo. Y en medio de todo, la autoridad con la misma letanía, las palabras de siempre: normatividad, legalidad, lo justo, lo jurídico, lo oficial. Los unos exigiendo soluciones, proponiendo una rebelión, un cambio de dirección. Los otros apoyando al líder estatal, firmes, incondicionales a la causa, adoptando sus mismas expresiones, sus mismas frases hechas. Bandos polarizados. Y Freddy, el líder, ausente. A final de cuentas, ya ha hecho su trabajo: la temperatura a punto de reventar el termómetro. Cuando todos lo buscan, ya confrontados, nadie lo encuentra: «compromisos familiares». Para qué arriesgarse si a la distancia puede promover suspensiones y descalificar a los nuevos enemigos del beisbol federado a través de esos escritos dictados desde la retórica inconfundible, tan pulida a punta de reelecciones. Han pasado ocho años de aquella final estatal de heridas abiertas entre las ligas locales: Municipal contra Industrial Comercial. Algunas cosas han cambiado al paso del tiempo. El viejo deportivo Antonio Palacios, por ejemplo, ya tiene pasto sintético y más y mejores butacas. Lo demás sigue igual. Es la misma historia con distintos nombres, otros protagonistas, otros colores. La familia está unida de nuevo. Y dividida también. En Ensenada se ha vuelto a jugar beisbol federado.




