LA COLUMNA


Por Marco Antonio Domínguez Niebla
El milagro de Maneadero
La escandalera me movió de sitio: de lo más profundo del jardín izquierdo –única localidad disponible ante el entradón– hacia las gradas centrales. Cuando llegué hasta allá las cosas estaban más tranquilas. Todo sucedió rápido, según me contaron testigos del zafarrancho. Ray, ex delegado de la asociación en Ensenada y representante de la Liga Rural, furioso buscaba a Freddy, para reclamarle la “calidad” de los umpires que trajo. Entonces entendí la escena que presencié enseguida: el presidente de la Asociación Estatal de Beisbol, para escapar a las recriminaciones de su ex colaborador, refugiado debajo de un árbol, lejos de la grada que ocupó la mayor parte del juego semifinal, el del desempate, entre las ligas locales Rural y Municipal. Yo ya no podía regresar al sitio donde originalmente me ubiqué. Preferí sacrificar la visión del campo de juego con tal de no perderlo de vista hasta allá debajo de ese árbol; pero aún más, para que no se me escapara sin una declaración sobre lo acontecido. Parado en las gradas centrales me resigné a no ver nada. Las expresiones de la afición me indicaban el rumbo del encuentro, ya cuando se jugaban extra innings. En eso sonó la madera. Fue un tablazo seco, sólido. Alcancé a ver al número “14” de la Liga Rural corriendo eufórico con rumbo a la primera base, lo que significaba la conclusión de la serie semifinal. Pero por esa historia podía regresar más tarde, ya cuando el festejo y los baños de cerveza cedieran un poco. Mi interés se centraba en el directivo de la normatividad que, tal como lo sospeché, a punto estaba de escabullirse del campo sin ser entrevistado. Confié en sus antecedentes: criticado por muchas cosas menos por negar entrevistas. Así llegué hasta él, pero, para mi sorpresa, me esquivó. Parecía paralizado, bloqueado, temeroso. Balbuceó algunas respuestas breves, inmediatas, rematadas por un lacónico: “sin comentarios”. Con rostro desencajado, como si algo hubiera perdido durante la jornada, sólo felicitó a la finalista Liga Rural, vencedora de la todavía campeona Ensenada Municipal. Insistí, y él, a paso veloz, incómodo, reiteró: “sin comentarios”. Y así huyó esa tarde que quedará grabada en la historia del beisbol bajacaliforniano no tan sólo por la clasificación inédita de la Liga Rural a una final de campeonato estatal. La historia dirá todavía algo más increíble: el domingo 26 de agosto Freddy Armando Lugo Valenzuela logró ser silenciado. Sucedió en Maneadero.




