Por Marco Antonio Domínguez Niebla

El niño futbolista

No le gusta el futbol. Y no sólo no le gusta el futbol: detesta el futbol. Tanto que cuando escucha algo relacionado con el tema, responde con un movimiento brusco de cabeza acompañado por un gesto de desagrado y la confirmación de lo que salta a la vista: “Es que no me gusta”. Su mundo, por el momento, está ocupado en la fantasía. Cuando se sienta frente al televisor o la pantalla de cine, su mente vuela. Por dos horas deja de parpadear. En su mirada atenta, de ojos pelones, se adivina su verdadera afición: ir montado encima de ese caballo en el cual la princesa de la historia será rescatada por el apuesto príncipe. Tendría dos o tres años cuando empezó a seguir cada película de dibujos animados con la devoción de un cinéfilo consumado. Príncipes y princesas, vaqueros y hombres del espacio, niños y niñas protagonistas. Disney, Pixar, Dreamworks. Un mundo hecho a su forma, moldeado por él mismo. Desde entonces –ya han pasado tres años–, siempre trae consigo películas y muñecos materializados a modo de dvd’s o peluches. En contraste, simula interés cuando transmiten por televisión el encuentro de futbol más importante de la fecha y posa para la foto tras el festejo por el triunfo del equipo de casa, antes de volver a lo suyo como una forma de desintoxicarse de todo aquello que no le despierta el más mínimo entusiasmo. Así han pasado sus cinco primeros años de vida, incluidos los tres del kínder. Ya es un niño de primaria. Aprenderá a leer y escribir y un montón de cosas más. Nuevos amigos, nuevos maestros, nuevo entorno. Por lo pronto, el ajuste de horarios. En la papeleta hay que elegir entre las actividades deportivas ofertadas por la escuela. Su nombre, por una inesperada decisión propia, ya está entre los futbolistas de primer año. En un mes cumplirá seis, la edad decisiva: o le gusta el futbol ahora o no le gustará jamás. En casa ya le buscan los zapatos más llamativos, los de moda, como los de Cristiano o los de Messi. Ya calzados es posible que, producto de la motivación y la adrenalina de patear el balón y corretearlo en franca competencia con los demás chiquillos, cambie su opinión. Mientras tanto, no hay prisa. Ya habrá tiempo de que él mismo decida su plan B, siempre y cuando, después de las primeras clases de futbol, persista ese movimiento brusco de cabeza acompañado por un gesto de desagrado y la confirmación de lo que hasta hace unos días había saltado a la vista: “Es que no me gusta”.