LA COLUMNA

Por Marco Antonio Domínguez Niebla
El gran locutor
Lo recordé y me agiganté dentro de la cabina. Mi amigo Mauricio, el reportero, me invitó a hablar de futbol. Se jugaba el Mundial de 1994. Me solté como una ametralladora cargada de datos y estadísticas, las figuras de cada selección, los favoritos del mundial gringo. Aquella mañana fue mi debut, mi presentación ante los medios. El heredero, el hijo del gran locutor, al aire. Si digo que no cabía por la puerta que separaba la cabina de transmisión de la cabina de locutores estaría explicando la forma exacta en que me sentía: el dueño del mundo. Salí de ahí recordándolo a él cuando manejaba con maestría la consola de LP’s, poniendo la aguja exactamente en la línea que dividía las canciones del acetato. A un lado el montón de periódicos y algún libro de los tantos que luego llenaron la biblioteca en casa, todos leídos o a punto de ser leídos hasta la última línea. Y lo mejor, pufff, lo mejor: el vozarrón. Él no sólo era una ametralladora de datos. También era una ametralladora de dicción, de lucidez, de facilidad para expresar ideas. Uno de los buenos, según constaba en la licencia de Locutor “A”, conseguida tras el riguroso examen aprobado en la capital. Con sólo escucharlo a través del aparato de radio era sencillo descubrir la personalidad de ese hombre tan bien parecido en persona que en la imaginación de sus oyentes. Los temas de moda en la ciudad, política, deportes, música, teatro, cine. Él hablaba de todo como tocado por la inspiración de la pequeña cabina que apenas nos daba espacio para permanecer a los dos ahí dentro: el padre seduciendo al auditorio y el hijo seducido por el locutor al que veía desde la primera fila como un testigo afortunado. No pensaba nada más. En mi futuro estaba escrito: Marco Domínguez, locutor; hijo de Ángel Domínguez, el gran locutor. Por eso cuando acepté la invitación de mi amigo Mauricio sentí que simplemente cumplía con lo trazado por el destino. La cita inaplazable. El hueco dejado tras su partida, ocupado nada más y nada menos que por mí. La cosa fue un poco más fácil. Ya no había que ir hasta la capital por la licencia. A mí me llegó sin más esfuerzo que enviar la documentación requerida y listo: ya era locutor, así, igual como sucede ahora. Pasaron dos o tres intervenciones más por las mañanas. El locutor-analista de futbol inspirado por “La primera F.M. de Ensenada”. La historia cambió cuando me solicitaron una grabación. Entonces me escuché. Ese pitido grisáceo que salía reproducido al aire nada tenía que ver con lo proyectado en color durante el sueño de infancia. Y supe que no era la mejor forma de honrar su memoria. Por fortuna, encontré mi camino, cercano pero distinto al suyo. Y aquí me tienen escribiéndole al gran locutor.



