LA COLUMNA


Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Un experto en la mesa
Le acomoda el asiento a la mujer, como todo un caballero, en cuanto reciben la mesa. A primera vista, por la actitud que adopta al dirigirse a su acompañante, parece estar en el proceso inicial de la conquista. Se sientan frente a uno de los televisores instalados en ese bar que sólo parece estar abierto cuando se transmiten peleas de box tan esperadas como la de ese sábado. Las peleas preliminares no le interesan mucho, pero, cuando decide poner atención a la pantalla, describe cada gesto técnico de los protagonistas y lo hace con tal autoridad que la mujer con la que consume esa cubeta repleta de cerveza lo mira de la única forma en que se mira a un consumado conocedor, una eminencia del pugilismo: con respeto. El hombre se queja por primera vez cuando es anunciada la decisión de la pelea preliminar entre un puertorriqueño y un mexicano. “Te dije que nos la iban a robar”, lamenta, dirigiéndose a la mujer, cuando anuncian que el boricua ha ganado por decisión dividida. Minutos después llega la cita esperada: el argentino contra el mexicano. “¡Viva México!”, grita, sin que cualquiera de los asistentes lo secunde. La mujer, después de aligerar la carga de la cubeta que los acompaña en la mesa, lo ignora del mismo modo. Por primera vez en más de una hora, todas las miradas se concentran en las diferentes pantallas del lugar, ya abarrotado a esa hora. Lo que sucede durante los primeros rounds marca el ritmo de la pelea: el mexicano es vapuleado, puesto en evidencia, zarandeado por el argentino, cada vez más dueño de la situación conforme avanzan las acciones. Sin embargo, el hombre discrepa, se inconforma con cada puntuación favorable al argentino. “No puede ser”, expresa sorprendido, a pesar de que el rostro del mexicano ya es una mueca deformada a punta de izquierdazos. A esas alturas, la mujer ya ha bebido suficiente cerveza y ha visto suficiente castigo contra el paisano, que ríe abiertamente ante los vaticinios del hombre que, a pesar de la masacre, se atreve a reiterar lo impensado: nocaut a favor del mexicano. “Noquéalo”, solicita desesperado, en un intento por recuperar el respeto de la mujer que ya lo ve con compasión. Llega el último round y cuando todo parece perdido para el boxeador mexicano y para su fiel seguidor, el argentino es pescado por una serie de impactos que cambian la tendencia de la pelea. El argentino cae y el mexicano está a punto de ganar por la única manera posible, tras perder los primeros once rounds. El tiempo se extingue, el argentino logra ponerse de pie y el mexicano finalmente es incapaz de consumar el nocaut y pierde abrumadoramente por decisión unánime, aun cuando el doceavo round fue suyo. Dos golpes de suerte, aun en la derrota, han salvado la misma cantidad de orgullos: el del boxeador mexicano y el del hombre que, como todo un caballero, retira el asiento y pasa el brazo por la espalda de esa mujer a quien le resulta imposible ocultar el gesto de suficiencia cuando se siente protegida por la persona que más sabe de boxeo… cuando menos en esa mesa.




