Por: Marco Antonio Domínguez Niebla

¡No soy profe!

Tarda en llegar más que ninguno.

La sala de prensa, llena, lo espera para que comente el empate rescatado por su equipo de visita ante el super líder del torneo.

Con ningún técnico pensé tanto la manera de abordarlo como con él.

Ni siquiera con el “Tuca”, tan gruñón pero hasta juguetón en sus respuestas, caso distinto al del técnico que está por sentarse frente a esos micrófonos, famoso por sus enfrentamientos con los reporteros en las distintas salas de prensa de los estadios de futbol de México.

Cuando parece que la espera será inútil, se abre la puerta por la que ingresa seguro de sí mismo, como siempre que dirige, como siempre cuando jugó.

Saluda sonriente, “buenas noches”, y se sienta.

Nadie lo dice, pero en el ambiente hay una sensación de tranquilidad: viene de buenas.

Y la primera pregunta llega de un reportero de televisión.

–Profe, ¿cuál es la evaluación que hace de…

En eso, el periodista es interrumpido abruptamente por el entrenador del Atlas.

–¡Primero que nada no soy profe! –dispara, con sus habituales gestos de suficiencia.

–Bien, Tomás, tu evaluación del partido, ¿cómo te deja el resultado? –rectifica el reportero.

La respuesta es contundente pero atenta.

¡Maldita sea!, pienso, esta costumbre de decirles “profe” a todos los entrenadores de futbol me tiene en problemas ante el mismísimo ex capitán de la selección mexicana.

En eso, la responsable de ceder la palabra a los representantes de los medios de comunicación, menciona mi nombre. Es mi turno. Lo tengo frente a frente y me decido:

–Señor Boy, ¿cómo han asimilado sus jugadores el trabajo que ha hecho desde que llegó ya hace algunas semanas?

Sin pausa de por medio, aborda la pregunta. La libré, pienso, ya más tranquilo de haber pasado la aduana, cuando responde dirigiendo su mirada hacia el lugar en el que suelo pararme durante las comparecencias de los técnicos.

Luego, llega el show. El show de Tomás: rebate lo apuntado por un periodista argentino, discute con él, exclama sus respuestas con gestos a modo de mueca y en general se le nota cómodo, de buen humor, tras la igualada ante el conjunto de casa.

Siempre hago una sola pregunta, sin embargo ahora lo tengo ahí cerca y no puedo dejar de cuestionarlo sobre el espectáculo que da parado en el área técnica, viviendo cada acción de sus dirigidos como si todavía fuera aquel virtuoso mediocampista que hacía vibrar el ahora llamado Volcán, vestido de Tigre.

Así que me lanzo y disparo, sin pedir la palabra:

–Profe, después de verlo vivir los partidos…

Hasta ahí llego, interrumpido por una exclamación a lo Tomás Boy:

–¡Que no soy profe! –responde, para cambiar de inmediato a un semblante tranquilo, incluso tan respetuoso como sarcástico–: profe sólo hay uno, y es Enrique Meza.

–¿Su amigo? –reviro, pensando: “maldita muletilla”, mientras los demás colegas festejan la reacción del mundialista en México 86.

–Sí, mi amigo –completa él mismo.

De inmediato, termino la pregunta y él la contesta, atento, después de la corrección.

Finalizada su comparecencia, se despide como llegó por la demostración de su equipo: satisfecho, contento.

Y no me queda duda: no es “Profe”, sigue siendo el “Jefe”.