Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Diagnóstico en caliente

Tal vez esperé demasiado, o que cuando menos fuera diferente. Pero no. Les cuento. Llegué a la sala de computación, una de las que tiene la UABC en el campus de Valle Dorado. El profesor caminó a mi lado y luego preguntó a un grupo de cinco alumnas suyas si ya estaban listas para la clase. Ellas apenas contestaron desdeñosas que no, que casi nadie había llegado. Pasamos a una sala cuyos asientos tienen su respectiva computadora. Los alumnos empezaron a llegar de a poco. Eran casi puras mujeres. Sólo dos hombres, de entre veinte. Más o menos. Clase de periodismo con el reportero invitado por el profe. El tema, obvio, periodismo deportivo. Me presenté y la mayoría de los asistentes ni volteó al lugar desde donde les dirigía las primeras palabras; estaban muy ocupados con la mirada atenta sobre la pantalla de la computadora que tenían enfrente. Traté de dirigirme a los dos o tres que me miraban, o que hacían como que escuchaban mis primeros intentos por capturar su atención. Para empezar pregunté ¿quién quiere dedicarse al periodismo? Sólo dos de entre esos más de veinte levantaron la mano. Los demás fruncieron la nariz como si el oficio fuera poca cosa. “Es que ganan muy poquito”, dijo una de las oyentes, mientras sus compañeros festejaban tal acto de sinceridad que explicaba el origen por el cual a la mayoría el tema no les despertaba el más mínimo interés. ¿Y los deportes, a alguien le gusta el deporte?, pregunté, y recibí una respuesta similar: sólo uno levantó la mano. Era como si todos quisieran evadir cualquier contacto siquiera visual para que el sujeto que trataba de charlar con ellos de periodismo deportivo se callara y los dejara Facebookear a gusto, o como si temieran que el que esto escribe y hablaba frente a ellos tuviera la ocurrencia de hacerlos participar en la charla. ¿Y en qué rama de la comunicación piensan desarrollarse?, pregunté. “Comunicación organizacional”, coincidieron la mayoría. Como eso me sonó tan lejano a lo mío, preferí alargar la conversación por algunos minutos mientras la hora expiraba. Si el maestro de periodismo hubiera solicitado un reporte de su invitado, el diagnóstico habría sido entregado ahí mismo: desgano, desánimo de sus jóvenes alumnos de octavo semestre, ya casi graduados como licenciados en comunicación.  Cuando la clase acabó y vi el gesto de alivio de la mayoría supe que hace más de veinte años, aquella mañana de 1991 cuando decidí no inscribirme al segundo semestre de contaduría pública en la UABC, tomé la mejor decisión de mi vida. Seguramente al llegar a octavo semestre mi actitud hacia el porvenir profesional de una carrera que me generaba un montón de cosas, menos entusiasmo, habría sido sencilla de diagnosticar: desgano, desánimo.