LA COLUMNA


Por Marco Antonio Domínguez Niebla
Dos años
Nunca en dos años tantas historias para indicar el camino que no tendría que volver a andarse. Nunca en dos años tantos silencios cómplices, tantos pasos inciertos, tantas pifias. Tanto cinismo, nunca en dos años. Apatía, desgano, indiferencia, incapacidad, incompetencia, todo en dos años. Apenas en dos años el desastre, el caos, lo peor de lo peor, y vaya que los antecedentes inmediatos eran tarea difícil de superar, casi imposible. Pero así ha sido, todo superado, y con creces, en apenas dos años. Informes de la nada, palabrería retórica, justificadores de la improvisación instalada en dos años. El pasado, todo, vuelto a la dinámica dinosáurica durante dos años. La suerte a favor de quien ha cumplido dos años ya, y la suerte en contra de quienes sufren las decisiones arrebatadas de quien ha cumplido dos años ya. Dos años del amigo y el compadre contratado y luego despedido, elogiado y luego criticado. Dos años de chismes y traiciones, pleitos y escándalos. Dos años, además, de los amigos (y sobre todo las amigas) colocados en cargos trascendentes a los que jamás habrían accedido de no gozar con la amistad de la parte contratante. La inconsciencia, la vista gorda adelgazada a conveniencia, en un plazo de dos años. Las promesas atropelladas de hace dos años finalmente incumplidas por falta de proyecto, de conocimiento sobre ciertos temas, sobre la mayoría de los temas. Dos años de delegar responsabilidades y eludirlas al mismo tiempo. Los intentos para callar a quien sea, use o no use micrófono, trabaje donde trabaje, se trate de quien se trate, después de dos años. La declaración escondida por insegura, o la declaración a tono de comedia involuntaria por ignorante, desde hace dos años. Todo en dos años, todo lo inimaginable en ese periodo de tiempo insuficiente para entregar resultados, pero suficiente para entregar excusas, pretextos. La desorganización como sello característico por dos años. La mordaza, la censura, la oficina cerrada, las citas en espera, las entrevistas negadas, la nómina abultada, el despilfarro, la retención del dinero obtenido en base al esfuerzo por los que menos ganan, la amenaza al que discrepe, tan sólo en dos años. El silencio, la información resguardada como si fuera secreto de estado, como si el dinero cobrado fuera pagado por particulares y no por todos los que han exigido respuestas concretas y no camufladas durante dos años. Y pensar que, después de esos dos años, aún les queda uno.




