La Columna








Por Marco Antonio Domínguez Niebla

Tarde para cambiar

Le iba a Cruz Azul por el “Gato” o el “Superman”. Así, de esas dos formas, llamaba el gran Ángel Fernández al gran Miguel Marín. Era el portero de la “máquina celeste” (mote también impuesto a los cementeros por el cronista que narró los juegos de leyenda durante la hegemonía azul). Los suéteres blancos con franjas celestes y azules detonaron una devoción descubierta por mí apenas en los primeros años de primaria. Tantos títulos como fueron posibles. Final jugada, final ganada, gracias a las atajadas inolvidables, de todos los ángulos y todas las formas, hechas por el garante del arco cruzazulino. Mientras ese hombre permaneció en el equipo, agigantado hasta hacer del arco un reducto minúsculo para los rivales, la magia siguió viva. La llama ardiendo. Estuviera Cárdenas en la banca, o estuviera Trelles. Era uno de esos casos de grandeza inmediata, de buena estrella. Un buen día, como sucede siempre en la fugaz historia de los jugadores de futbol, el “Superman” dijo adiós. Una afección cardiaca apresuró el retiro. Y con su retiro, se apagó la estrella del equipo al que llegó desde Vélez Sarfield de su natal Argentina. El “Oso” Ferrero lo sustituyó. Poco habré de comentar del legado del “Oso” en comparación al del “Superman”. El origen mismo del par de sobrenombres explica lo que pasó con el cambio de custodio de la meta celeste. Y la decadencia no tardó en llegar. Resumiendo, un título desde entonces. Y ese entonces nos remonta a 1982. Dos años, en mi caso, fueron el límite. El colmo de la paciencia para un chiquillo entre los once y los doce. Sin el “Superman” la pasión desapareció, o mejor dicho cambió de destinatario. Viendo un juego de la máquina, encontré la emoción del otro lado, el del rival, cuyo uniforme amarillo era combinado por una V en azul estampada sobre el pecho. Más bien, era pasión por un jugador que por unos colores. Lo entendí con el tiempo, porque la otra pasión, afortunada en la primera década y caótica durante las dos siguientes, jamás hubo ni habrá de extinguirse. Permanece terca, tozuda, arraigada, pese a mis intentos por echarla de lado o cuando menos matizarla. En México, tan inexplicable es eso de irle a un equipo de futbol, como inexplicables son los señalamientos de los que, juzgones, acusan a tal o cual aficionado de cambiar de camiseta, seducidos por una nueva pasión. A estas alturas, yo ya no podría hacerlo. Mucho menos si cambié al equipo del gran “Superman” por el amarillo para siempre. De lo que estoy seguro es que si tuviera aquellos once o doce, tal vez este jueves y domingo, por cuestión geográfica, me vestiría de rojo y negro. Aunque me llamaran villamelón.