LA COLUMNA
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Por Marco Antonio Domínguez Niebla
¿Está Bucio?
Las llamadas llegaban a cualquier hora. El número ni lo recuerdo. Fueron tantos los que cambiamos que se trataba de uno más. La primera solicitud a la compañía de teléfonos fue porque había un bar cuyo número sólo se diferenciaba del nuestro por un dígito. Los timbrazos, por el giro comercial del negocio, eran comunes de noche. Incluso de madrugada. Entonces, la segunda solicitud nos entregó el antiguo número de un taller de refrigeración. Se trataba de un caso distinto al anterior. El número no era similar. Era idéntico. La línea, ya desocupada por el dueño del taller, nos fue transferida cuando mis padres decidieron no estar levantándose a cada rato para aclarar que nuestra casa no era el bar al que quién sabe porqué la gente telefoneaba tanto, y no sólo eso sino que lo hacían marcando el número erróneamente al anteponer el seis en vez del ocho inicial. Las llamadas de madrugada desparecieron a partir de ese momento. Pero el problema no quedó resuelto con el cambio. Por el contrario, la cantidad de timbrazos aumentó de manera notable tanto en las mañanas como durante todas las tardes y hasta las noches. ¿Está Bucio?, era la pregunta que sucedía al “bueno” de bienvenida por parte de mis hermanos, mis padres y por supuesto mío. A todos nos tocó. La clientela no dejaba de llamar y nosotros no dejábamos de decirles que no era la casa de Bucio, ni el taller de Bucio, ni conocíamos a Bucio. El apellido del dueño del taller se hizo familiar en casa aun sin conocerlo, a fuerza de los “disculpe, número equivocado” o “¿seguro que no es el taller de Bucio?” o “¿no sabe cuál es el nuevo número de Bucio?”. Lo único que nos quedaba claro es que el señor Bucio tenía un taller de refrigeración donde trabajaba con eficacia porque era requerido por una clientela cuantiosa. Pocos meses después, como respuesta a una nueva solicitud, recibimos el tercer y definitivo número telefónico. Ya después conocí al señor Bucio. Fue muchos años más tarde. Ahora hasta sé dónde está el famoso taller al que marcaban con insistencia a mi casa hace tantos tiempo, buscando a su propietario para que les arreglara sus problemas de refrigeración, justo a una cuadra del gimnasio Óscar “Tigre” García, el lugar al que el señor Bucio ha acudido sobre todo para ver el desarrollo como basquetbolista de su hijo menor, José Luis, quien por aquellos días sería un niño pequeño, gracias a quien, tantos años después, el apellido dejó de sonarme a número equivocado para sonarme a basquetbolista profesional, relevo estrella de los Soles, el equipo mexicalense de la liga nacional.




